Biblioteca en pausa
La gestión del vacío
Luis Marcelo Pérez
La historia de la Biblioteca Nacional durante este último año no es solamente la historia de un proyecto inconcluso. Es la historia de una fuerza política que pasó décadas proclamando la centralidad de la cultura y que, al enfrentar la responsabilidad de decidir, eligió la incertidumbre, la postergación y el repliegue. Hay decisiones de gobierno que terminan revelando mucho más que una política pública. Exponen prioridades, capacidades de gestión y, sobre todo, la distancia que puede existir entre los discursos y los hechos. La situación de la Biblioteca Nacional se ha convertido en uno de esos momentos en que la realidad desnuda las limitaciones de un relato construido durante décadas desde la comodidad de la oposición.
No estamos hablando de una dependencia administrativa cualquiera. Hablamos de una institución nacida bajo el impulso de José Gervasio Artigas y Dámaso Antonio Larrañaga, custodio de una parte fundamental de la memoria intelectual y material de la República. Entre sus colecciones descansa -además de algunos incunables- una porción insustituible de la historia nacional, del pensamiento uruguayo y de la construcción cultural que acompañó la formación del país. Por eso resulta imposible observar con indiferencia lo ocurrido durante el último año.
La izquierda llegó al gobierno prometiendo una nueva centralidad para la cultura. Durante décadas sostuvo que las políticas culturales debían ocupar un lugar prioritario en el desarrollo nacional. Lo afirmó desde la oposición, desde la academia, desde los sindicatos y desde múltiples espacios de militancia. Sin embargo, cuando llegó el momento de gobernar, aquellas convicciones se encontraron con la prueba más exigente. La gestión.
Doce meses después de asumir, el resultado es difícil de defender. Hubo tiempo para consultar. Hubo tiempo para convocar especialistas nacionales e internacionales. Hubo tiempo para elaborar diagnósticos, estudiar alternativas y construir consensos. Hubo tiempo incluso para dialogar más radicalmente con la Sociedad de Arquitectos del Uruguay, con urbanistas, planificadores y expertos en patrimonio que pudieran aportar una mirada integral sobre el futuro de la institución y hasta para aconsejarles qué puede ser posible y que no en un edificio declarado patrimonio. Lo que no hubo fue una definición clara sobre qué hacer con la principal biblioteca del país. Esto lo sufre tanto la memoria viva, como el presente y mucho más, el porvenir.
Durante un año los uruguayos asistimos a una sucesión de anuncios, silencios, versiones parciales y explicaciones contradictorias. El problema ya no es únicamente la incertidumbre sobre un proyecto. Lo preocupante es la sensación de que el gobierno nunca logró construir una idea común sobre el rumbo que pretendía seguir.
Las intervenciones públicas del ministro José Carlos Mahía, de la directora Rocío Shiappapietra, del director de la OPP Rodrigo Arim y de Gabriel Calderón no despejaron dudas. Las profundizaron. Por momentos parecía discutirse una mudanza. Luego una reforma institucional. Más tarde una transformación tecnológica. Después una iniciativa cultural de alcance indefinido. Incluso la propia conferencia de prensa transmitió esa sensación de desconcierto. Los gestos, las vacilaciones y la falta de una narrativa consistente parecían confirmar lo que las palabras intentaban disimular.
La pregunta sigue siendo la misma. ¿Qué Biblioteca Nacional quiere construir este gobierno? La incertidumbre se vuelve aún más preocupante cuando se observa el aspecto financiero. Si el Ministerio de Economía y Finanzas y la propia Oficina de Planeamiento y Presupuesto transmitieron desde etapas tempranas señales de que los recursos solicitados difícilmente serían aprobados, corresponde preguntarse por qué se alimentó durante meses una expectativa pública que hoy aparece cada vez más distante de la realidad.
La interrogante es inevitable. ¿Qué hicieron durante todo este tiempo? Porque un año puede ser insuficiente para ejecutar una transformación de gran magnitud, pero resulta más que suficiente para estudiarla, diseñarla y defenderla políticamente.
Más llamativa aún resulta la ausencia del presidente Yamandú Orsi. Aunque expresó respaldo e interés por la iniciativa, desapareció de la escena -una vez más- cuando el gobierno dejó de administrar expectativas y tuvo que ofrecer respuestas.
El principal proyecto cultural asociado a la Biblioteca Nacional quedó flotando entre declaraciones dispersas, sin conducción visible, sin definiciones concretas, sin un liderazgo político capaz de ordenar el debate y sin respaldo presupuestal.
Mientras tanto, la conferencia encabezada por el ministro transmitió la imagen de un gobierno reaccionando ante los acontecimientos en lugar de conducirlos. Más que presentar una política consolidada, pareció intentar administrar una crisis que ya comenzaba a generar demasiadas preguntas.
El contraste con el discurso histórico de la izquierda es imposible de ignorar. Durante años escuchamos que la cultura nunca podía quedar relegada. Durante años se cuestionó a otros gobiernos por la insuficiencia de recursos destinados al patrimonio cultural. Durante años se afirmó que la memoria nacional debía ocupar un lugar central dentro de las prioridades del Estado.
Hoy, cuando les corresponde gobernar, los mismos sectores que levantaban esas banderas aparecen postergando, congelando o dejando a la deriva una discusión que involucra a una de las instituciones culturales más importantes del Uruguay.
La contradicción es evidente. Tal vez el problema no sea únicamente presupuestal. Tal vez estemos observando los síntomas de un agotamiento político e intelectual que comienza a manifestarse en distintas áreas de gestión. Una dificultad creciente para transformar consignas en proyectos viables. Una tendencia a refugiarse en relatos grandilocuentes cuando escasean las decisiones.
La cultura ofrece un terreno particularmente revelador para observar ese fenómeno. Porque las bibliotecas, los museos, los archivos y los espacios patrimoniales no se sostienen con discursos. Se sostienen con planificación, conocimiento técnico, continuidad institucional y capacidad de gestión.
Nadie discute la necesidad de modernizar la Biblioteca Nacional. Nadie cuestiona la incorporación de nuevas tecnologías, algo que he venido reclamando desde comienzos de la década de 1990. Lo preocupante es la ausencia de una estrategia capaz de integrar innovación, preservación patrimonial e investigación académica dentro de una visión nacional de largo alcance.
Más sorprendente aún resulta que ni siquiera parezca haberse explorado seriamente lo que ocurre fuera de fronteras. Experiencias internacionales como las bibliotecas multimodales desarrolladas en Colombia demuestran que es posible construir espacios modernos, abiertos, accesibles y tecnológicamente avanzados con costos significativamente menores a los montos manejados públicamente durante estas semanas. Eso obliga a pensar más allá de la coyuntura.
El debate no debería reducirse a reformar una infraestructura deteriorada por décadas de abandono e inhabilitaciones como la de bomberos, decisiones erráticas y asesoramientos frecuentemente desconectados de la realidad cultural uruguaya. Uruguay necesita una discusión mucho más ambiciosa. Necesita preguntarse qué institución cultural quiere legar a las próximas generaciones.
La actual sede de la Biblioteca Nacional podría integrarse perfectamente al desarrollo de la Facultad de Artes, aprovechando la cercanía física y las sinergias académicas. Paralelamente, el país podría proyectar una nueva biblioteca multimodal concebida para el siglo XXI y para buena parte del siglo XXII. Un espacio de integración entre cultura, urbanismo, inclusión social y acceso al conocimiento con luz natural, áreas de encuentro ciudadano y educación, laboratorios de innovación tecnológica y humanidades digitales, centros de investigación, servicios digitales avanzados, auditorio, anfiteatro, fonoteca, mediateca, cinemateca, áreas expositivas y escénicas, conservación patrimonial, investigación y producción de conocimiento, museo del libro y de la escritura, observatorio e inteligencia cultural, centro de cooperación internacional, espacios verdes que integren patrimonio, tecnología y creación contemporánea y un parque de esculturas que celebre la creación artística nacional e internacional, incluyendo un homenaje permanente a Johannes Gutenberg, cuya invención transformó para siempre la historia del conocimiento humano. Eso sería pensar estratégicamente. No para resolver urgencias coyunturales.
Eso sería comprender que memoria e innovación no son conceptos enfrentados. Eso sería entender que el patrimonio -en este caso documental y edilicio- no se protege encerrándolo en una discusión burocrática, sino proyectándolo hacia el futuro.
También llama la atención el silencio del sector sindical que históricamente demostró una gran capacidad de movilización frente a otros asuntos. Puedo recordar con bastante claridad, las direcciones de Gomensoro, Muguerza, Musso y Vallarino que bien fueron receptores de sus medidas gremiales. Cuando la incertidumbre alcanza a la principal biblioteca del país, esa energía parece haberse transformado en cautela. La cercanía política jamás debería convertirse en una excusa para abandonar la crítica ni para renunciar a la defensa de una institución pública.
La Biblioteca Nacional merece mucho más que una discusión improvisada. Merece liderazgo, objetivos claros, planificación, transparencia y una dirección clara. Merece gobernantes capaces de asumir responsabilidades y tomar decisiones. Merecemos todos, voluntad política que enciendan los motores de la innovación cultural, en lugar de refugiarse en explicaciones tardías cuando los problemas ya son inocultables.
La cultura no se defiende en conferencias de prensa ni en declaraciones altisonantes. Se defiende cuando llega la hora de asignar recursos, establecer prioridades y sostener convicciones. Todo lo demás pertenece al territorio de la retórica. Yo apuesto a la responsabilidad de imaginar el futuro y a la voluntad política de hacerlo posible.