¿Que gobierne la honestidad?
Daniel Manduré
Confianza y credibilidad: un entierro de lujo. Todo el populismo que merecemos. Lo del auto de Orsi se transformo en un gran conventillo mediático al mejor estilo de un reality de la vecina orilla y lo pretenden terminar de la peor manera, sacándose de encima una camioneta de alta gama que a esta altura del campeonato, les quemaba las manos. Todo mal hecho, mal comunicado, con ocultamientos, marchas y contramarchas, contradicciones, argumentos insólitos, medias verdades, rifas no ganadas, donaciones sacadas de la galera, certificado de compraventa del auto entregado como parte de pago que nunca apareció. Un verdadero mamarracho.
Fue tal el entrevero y confusión reinante que la camioneta había pasado a ser el centro de bromas y de “memes” en las redes sociales de tal forma que en las últimas visitas del presidente al interior la ciudadanía hacía cola para sacarse selfis, ya no con nuestro primer mandatario sino para poder fotografiarse al lado de tan famoso visitante de cuatro ruedas.
Lo de la entrega de la camioneta a ANEP fue el reflejo de la desesperación del gobierno. Acorralado y entre las cuerdas lo más conveniente era sacarse de encima ese fierro caliente. Lo de ayudar a los niños: demagogia pura.
Triste y vergonzoso este gran berenjenal en el que el gobierno se metió solito. Ni culpa de la oposición ni de la prensa. Un gran escándalo, aunque se pretenda minimizar, no por la camioneta misma, ni los 25 mil dólares de una insólita rebaja que nunca se dan a cambio de nada, ni se le ofrece al común de los ciudadanos. Sino por todos los enredos, las turbiedades, suspicacias e incluso mentiras que la rodeó. Tanto del presidente como de todos aquellos integrantes del gobierno que intentaban de una forma tan ridícula como increíble defender lo indefendible.
El gobierno en cada intervención pública parecía subestimar y tomar por tontos a los ciudadanos.
El secretario de la presidencia ha mantenido reuniones con lideres opositores solicitando “cuidar la investidura presidencial”, cuando en realidad ha sido el propio partido de gobierno incluyendo al presidente quien no la ha cuidado. Frente a la cautela de la oposición que solo ha solicitado pedido de informes y exige explicaciones claras y un proceder transparente. Ahora el tema en manos de la JUTEP no ofrece, por los antecedentes recientes, las garantías éticas ni de transparencia para analizar el tema.
Este es el peor momento del gobierno. Que va en caída libre. Estamos ante la presencia de hechos, acciones y actitudes que envenenan la política y dinamitan la credibilidad y la poca confianza que a esta altura les quedaba. Una orquesta tan desafinada que rompe los tímpanos, con declaraciones por parte de los voceros que entierran cada vez más al presidente. Aunque en realidad él no necesita ayuda. Se entierra solo.
El del auto del presidente es una perla más de ese largo collar de irregularidades que se vienen dando en un gobierno sin confianza, liderazgo ni rumbo.
EL POPULISMO QUE MERECEMOS Cada privilegio injustificado, cada defensa corporativa irracional de conductas cuestionables, cada vez que la ética pública se relativiza, cada influencia de poder utilizada en beneficio propio dinamita la confianza y es allí que comienza a nacer el resentimiento del ciudadano que algunos oportunistas antisistema intentan utilizar a su favor.
El populismo espera agazapado. Propuestas desde el gobierno, como algunas presentadas estos últimos días, que con rasgos populistas, buscan el efecto emocional y el impacto comunicacional más que soluciones sostenibles y serias. Mientras que, desde afuera, parados al borde mismo del sistema, están los que esperan el momento indicado para dinamitarlo.
Uruguay suele mirarse, con razón y así nos perciben, como la democracia mejor posicionada de la región, con partidos políticos históricos fuertes y consolidados, que se alternan pacíficamente en el poder y con niveles institucionales estables y sólidos. Eso es así y queremos que siga siendo así.
Pero ninguna fortaleza es eterna si no la cuidamos.
En America Latina abundan los casos, desde diferentes signos ideológicos. No estamos inventando nada. Es un error pensar que somos inmunes.
La credibilidad institucional no se deteriora de un día para otro. No nos podemos confiar. Se van desgastando lentamente por la acumulación de errores propios. La desconfianza y decepción comienza a crecer. Cuando se producen injusticas que parece que nadie logra ver. Cuando se realizan gastos superfluos. Cuando la pesadez burocrática se hace insoportable. Cuando de gestiona mal. Cuando directores de confianza tuvieron que renunciar por casos de nepotismo. Cuando ministros son obligados a dejar su cartera por no cumplir con sus obligaciones impositivas. Cuando otros otorgan viviendas a sus militantes políticos. Cuando se defiende lo indefendible. Cuando los viajes al exterior se convierten en una fiebre viajera en muchos casos con delegaciones multitudinarias. Cuando se miente o se promete y no se cumple.
No seamos hipócritas, debemos reconocerlo, las señales por si solas también generan una razonable y lógica indignación. Los reiterados errores no reconocidos ni corregidos a tiempo, mucho más.
Allí comienza a germinar el oportunismo populista. Olfatean la oportunidad y no la dejan pasar.
Decía el historiador y politólogo francés Pierre Rosanvallon: “El populismo prospera donde las democracias dejan de ser creíbles”
Ningún sistema democrático está inmune al riesgo del populismo, que puede generarse en cualquier extremo del espectro ideológico.
El populismo no aparece por generación espontánea. Es producto muchas veces de errores acumulados por quienes tiene la responsabilidad de gobernar.
El populista prospera donde la confianza muere.
La mejor defensa contra el populismo es la transparencia, es rendir cuentas. Es tener la capacidad de reconocer errores y asumirlos con dignidad. Las democracias fuertes no necesitan de opciones que se presentan como salvadoras casi que por fuera del sistema sino por instituciones fuertes y creíbles. Partidos políticos responsables y ciudadanos exigentes.
Los populistas no nacen ni crecen de un repollo, ni exclusivamente, como dijimos, por crisis económicas, nacen y crecen también por los errores reiterados a los que casi nadie parece prestarle atención.
El populista no necesita tener razón, ni siquiera tener un programa serio ni realizable. Le alcanza con señalar y repetir una y otra vez consignas que peguen en las heridas del ciudadano. Con eso es suficiente. Exprimen al máximo frases tales como: “Nadie de los que esta sirve para nada”. “Son todos iguales”. “Venimos a extirpar la lacra”. “Queremos sacar la casta” “Ningún político es bueno” “Son todos corruptos” “Vinimos a terminar con todo eso”.
Aparecen como los mesías, aunque estén muy lejos de serlo.
Es importante que para que estas opciones oportunistas no prosperen los partidos políticos todos y en especial el que gobierna, entienda que la ética pública es una condición fundamental para la supervivencia republicana. Ellos son los grandes responsables de sanear lo que no funcione bien, gobernar para todos, gestionar mejor y por supuesto, todo hacerlo con una gran austeridad republicana.
No solo hay que serlo, sino también parecerlo.
Los partidos políticos deben tener en cuenta que la gente puede aceptar y entender errores, pero no soporta que la tomen por tonta. Pueden aceptar dificultades, pero ya no aguanta los abusos de poder y menos las mentiras y promesas incumplidas.
Si esto no se entiende dejamos la puerta abierta para que ingresen aquellos que prometiendo acomodar la casa la terminan incendiando.
El populismo promete atajos, las democracias solidas construyen caminos.
Los populismos, por lo menos al principio, no entran por la fuerza, sino que son invitados de lujo de nuestras propias fallas e inoperancia. Los alimenta nuestra propia incapacidad de atacar los temas que hay que atacar y la incapacidad de frenar lo que hay que frenar.
No es criticando o ridiculizando al populismo o a quienes impulsan sus propuestas, que se lo puede combatir, es haciendo lo que hay que hacer, cuando es el momento y no cuando las papas queman o estemos con la soga al cuello.
Es duro decirlo y más aún aceptarlo, pero nosotros seremos los responsables si la bestia crece.
El antídoto para el populismo no es censurarlo, ridiculizarlo ni insultarlo, porque aquí es cuando desde el lugar de la víctima crece y se posiciona, sino con gobiernos competentes, justicia creíble, sin privilegios que la mayoría de los mortales no tiene, con humildad política y reitero una vez más, con probidad y austeridad republicana.
La estrategia del populista es dividir la sociedad entre buenos y malos, honestos y corruptos, patriotas y traidores, pueblo y oligarcas. Ellos van a decir que todo está mal, que nada bueno hay para rescatar. No tienen adversarios tienen enemigos. No admiten grises y son los únicos dueños de la verdad. Los reyes de las soluciones mágicas. No aceptan la crítica porque para ellos la crítica es una conspiración en su contra. Necesitan siempre a un enemigo a su frente para potenciarse, porque se alimentan del enfrentamiento.
No creo en propuestas refundacionales.
El populismo no construye ciudadanía, construye hinchadas.
El Uruguay no necesita mesías. Necesita de gobernantes serios y responsables, comprometidos con la república. No a los fugaces oportunistas.
Hoy el gobierno no está haciendo lo que debe hacer, con sus graves errores e inacciones le està dando pasto a las fieras. La oposición también debe estar a la altura.
A no quejarse después.