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El dibujo infantil es la llave

Hugo Machín Fajardo

Está comprobado que dibujar letras y números sobre el papel incide en el aprendizaje y la retención de lo aprendido

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El dibujo infantil es la llave

Texto sobre «la felicidad» escrito por una niña de prejardín, que mediante representación icónica expresa lo que no sabe escribir. Editado por su maestra [Fuente: Guzmán-Chocontá].

En este escenario dramático que vive la región por la pandemia, el hogar puede ser un sitio de defensa del derecho humano a aprender a leer y escribir que se les debe respetar a los más pequeños.

De acuerdo con las proyecciones de población del Dane, en el año 2020 en Colombia viven 10.249.288 niños. De ellos, siguiendo los índices de pobreza multidimensional (19,6%) o de ingresos (27%), se puede afirmar que por lo menos 2.500.000 niños viven en condiciones de pobreza, de acuerdo al informe de Jairo Núñez Méndez elaborado para Fedesarrollo y Unicef.

Antes de la crisis la incidencia de la pobreza en hogares con menores de edad a cargo alcanzó un 45%.

Según el último dato del Indec, de Argentina, el 40,9% de los argentinos vivía bajo la línea de la pobreza en el primer semestre de 2020. Sin embargo, si se toma como referencia la medición «multidimensional» de la pobreza (y ya no solo la pobreza por ingresos) en el primer semestre del año pasado afectaba al 47% de la población, es decir 21 millones de personas, 8,5 millones de ellos eran niños, niñas y adolescentes.

De acuerdo a la Cepal, Argentina se ubica como el sexto país más pobre de la región con 38,8% de su población por debajo de la línea de la pobreza y 8,1% en la indigencia.

Un tercer país que demuestra el drama latinoamericano, sin que los casos citados sean los más duros, es Uruguay.

La Encuesta Continua de Hogares del país vecino de Argentina y Brasil confirma que la mayor incidencia de pobreza en el país austral se verifica en los menores de 6 años: un 21,3% de los afectados está en esa franja etaria, seguida por la de los menores entre 6 y 12 años que llegan a 20,6%. En total un 42 % de los niños uruguayos tiene su presente gravemente condicionado. El presente infantil, y no el futuro de esos seres también sujetos de derechos humanos, es el que está en riesgo. Esa es la primera conclusión.

La segunda es consecuencia de aquella: la pobreza incide directamente en la escolaridad. Los niños son personas, y no proyectos de adultos, debería ser la principal conclusión, pero no lo consideramos así.

En 2016 un informe del elaborado por el departamento de Investigación y Estadística del Ministerio de Educación y Cultura uruguayo documentó que «uno de cada dos mayores de 25 años que provienen del 20% más pobre de la población no logra superar primaria. Y solo dos de cada cien pobres llega a la universidad».

A esta evidencia, se le suma el perjuicio educativo que ha significado la pandemia precisamente para esa franja de pequeños que no llegaron a aprender a escribir y mucho menos leer. Niños que si tienen la conexión básica a Internet podrán acceder a la modalidad de educación virtual sobre la que ya hay datos de cuan diferente es de la presencial.

Virtualidad que les aleja más todavía del aprendizaje de la escritura a mano. Diversos neurocientíficos argumentan sobre la importancia de aprender a escribir a mano en el desarrollo cerebral de los niños y, por ende, en el aprendizaje de lectura y en otras áreas de la evolución cognitiva infantil.

Está comprobado que dibujar letras y números sobre el papel incide en el aprendizaje y retención de lo aprendido. Los periodistas bien lo sabemos cuando grabamos y también tomamos notas sobre una información.

Otro aspecto preocupante de la comunicación tecnológica es el efecto de abreviaturas y límites impuestos por la comunicación virtual y su incidencia en el entendimiento y comprensión lectora de los niños.

Esa sumatoria de perjuicios redimensionados por la pandemia, constituye un hueco grande en la escalera del conocimiento. Marcará profundamente a esos niños que no llegaron a leer y escribir en la edad que les hubiera correspondido.

«Los niños se han convertido en las principales víctimas de la pandemia porque los sistemas de educación fallaron en América a Latina. En algunos países hubo hasta quince meses sin educación presencial y hay cientos de miles de niños que perdieron contacto con sus escuelas», afirma Jürgen Schübelin de la ONG alemana Kindernothilfe, entidad con 40 años de experiencia.

El progreso y desarrollo económico de Latinoamérica desde el 2000 se tradujo en un aumento leve del gasto público en educación, de 4,38 % del producto interno bruto (PIB) en 2000 a 4,9 % en 2012, «aunque más por una expansión del gasto fiscal que por dar una mayor prioridad a la educación dentro del gasto público», advertía la Unesco en octubre de 2012. Era cuando Latinoamérica vivía la bonanza de los comodities.

Ante el panorama de encierro, aislamiento, ausencia de presencialidad escolar —para no referirme a los abusos emocionales, físicos, y sexuales que se han incrementado desde marzo 2019— ¿qué pueden hacer los padres por sus niños afectados por esta incertidumbre?

Los dibujos. No pueden dejarse ganar por la impotencia. Hay que asumir que la escritura — a la que no accedió su hijo, como miles de otros niños y niñas— es un «proceso cultural, cognitivo y lingüístico de altísima importancia», con implicaciones vinculadas «al desarrollo del pensamiento, del lenguaje, de la relación con la cultura y la afectividad» de esos niños. Así lo han demostrado, entre otros pedagogos, las educadoras colombianas Rosa J. Guzmán y Johanna Chocontá, en su libro Desarrollo infantil y escritura.

Se trata de no renunciar, pese al aislamiento hogareño, a la estimulación que los niños reciben en los primeros años y que tendrá potente incidencia en su desarrollo vital.

Lo primero a tener en cuenta por los padres es «darse tiempo» para escuchar al niño y escucharse, en referencia a la idea del educador argentino Carlos Skliar: «escribir escribiendo, hablar hablando, jugar jugando, amar amando». Una opción puede ser valerse del tiempo de más que se comparte en la casa durante esta pandemia para conversar con los hijos o nietos. Darse espacio para promover la creación de historias a partir de los dibujos del niño. Darle valor a esos dibujos.

El dibujo infantil no es solamente una figura en opinión de varios pedagogos y expertos en didáctica. Son creaciones procedentes de sus vivencias donde esa niña o niño cuenta lo que ocurre en su familia, lo que es importante para ella, o para él, en su vida de hoy, pero que quedará para siempre en su memoria.

El dibujo infantil no es un adorno, sino que forma parte de un proceso en el que el niño va desarrollando una característica humana clave: dar sentido al mundo, lo que implica conocerlo y relacionarse para adquirir estatura humana. El dibujo —las educadoras mencionadas sostienen— contribuye a redondear el significado que quieren expresar los niños.

Montserrat Calbo, experta catalana en didáctica afirma que el dibujo constituye la «fijación de un gesto que concreta una estructura» por lo que debe ser visto como un enlace con todas «las actividades primordiales de expresión y construcción vinculadas al conocimiento y a la descripción de las ideas» infantiles.

«Hay una generación sobre todo de los más pobres que no va a poder seguir su camino educacional y eso significa que el incremento de la pobreza en América Latina se va a agravar», agrega Schübelin, y hace énfasis en «la inexistencia de cuarenta millones de conexiones domiciliarias» existente en la región.

¿Qué pueden hacer los padres o abuelos para acotar en algo una situación inédita como la que se vive en el país y en el mundo?

Ante un panorama nacional y regional negativo la opción no puede ser angustiarse solamente, o esperar soluciones externas. Por lo menos, se puede defender ese derecho humano a aprender a leer y escribir de un hijo o un nieto. Es cuestión de proponérselo y el dibujo infantil puede ser la antesala de enseñarle a leer a un pequeño.

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