Política nacional

Esperando la carroza (de la rebelión que no llega

Eduardo Irigoyen

Hay algo que me hace gracia, y no porque el asunto no sea serio, sino porque la política uruguaya, aunque es muy seria, a veces tiene algo de sainete.

La derecha más dura y los libertarianos parecen convencidos de que el desgaste del gobierno de Orsi, por la telenovela de la camioneta, será el fin del Frente Amplio y el comienzo de una gran rebelión popular.

Como si en cualquier momento las masas enfurecidas comenzaran a bajar de las cuchillas o ganar las calles para pedir la cabeza del gobierno.

El episodio, sin duda, golpeó muy fuerte al Frente Amplio y obligó a Orsi a pedir disculpas (que pocos creyeron), intentar explicar la compra (fue peor) y terminar donando el vehículo a la ANEP.

Cuando hay que quedar bien con la sociedad y mejorar tu imagen, hacé una donación a la ANEP, a un CAIF o a una escuela rural.

El tema sigue dando vueltas y generando ruido político.

Pero una cosa es el desgaste y otra muy distinta creer que el país está a las puertas de una especie de revolución liberal-conservadora-libertaria.

En Montevideo ya hubo varias convocatorias de youtubers, libertarios y grupos que se presentan como «antisistema». Prometieron puebladas en Plaza Independencia y Plaza de la Bandera. Redes sociales encendidas, mensajes épicos, anuncios de que «ahora sí despertó Uruguay».

Después llega la hora señalada y aparecen cuatro gatos locos, dos cámaras y algún periodista aburrido.

Ahora son los camioneros quienes hicieron una protesta. Se juntaron al costado de la ruta, quemaron algunas cubiertas y expresaron una bronca legítima o no, eso es otra discusión. No voy a entrar en el contenido del reclamo porque me interesa señalar otra cosa.

La esperanza de buena parte de la oposición más dura es que el combate contra el Frente Amplio empiece desde el interior, desde el campo al que ven como la reserva moral, ese Uruguay profundo que muchos imaginan como el reverso perfecto de Montevideo, o sea, un país conservador, tradicional y naturalmente enemigo de la izquierda.

Pero la realidad uruguaya es bastante más compleja.

Pepe Mujica y el MPP entendieron eso hace años.

Fueron vivos.

Se metieron en un territorio que les era hostil y terminaron siendo abrazados, incluso por empresarios y productores rurales. Más de uno que votó a los blancos toda la vida, hablaba de Mujica con respeto, y algunos hasta con afecto, al punto tal que lo votaron.

Una rareza para quienes siguen creyendo que el Uruguay se divide entre Montevideo “socialista” y el Interior “blanco-coalicionista”.

El Frente Amplio está golpeado. Machucado. El caso de la camioneta le hizo mucho daño y dentro del propio oficialismo hay molestia, hay bronca y desconcierto. Pero eso no significa que sus votantes vayan a salir corriendo hacia la Coalición Republicana (que en los hechos está, pero todavía no existe).

Porque el Frente Amplio tiene algo que muchos adversarios siguen sin comprender: para muchos fieles, es una identidad, casi una pertenencia emocional. Y eso no se rompe porque aparezca un escándalo o porque un presidente compre una camioneta con descuento y eso se presente envuelto en confusión y declaraciones poco creíbles.

Tampoco la ciudadanía parece demasiado convencida por las alternativas más duras.

Los libertarianos se presentan como los nuevos, los antisistema, los que vienen a terminar con la partidocracia. Son los que meten en la misma bolsa al Frente Amplio, blancos y colorados, como si fueran tres versiones estatistas y medio zurditas, mezclados en el mismo guiso.

Hablan con entusiasmo de Milei, de Trump, de la batalla cultural y de la casta.

Pero la pregunta es sencilla:

¿Hay espacio para ellos?

Por ahora, ese nicho antisistema tiene dueño: se llama Gustavo Salle. Y da la impresión de que Eduardo Lust está trabajando para volver al Parlamento con sus propios votos. El resto sigue muy fuerte en las redes sociales, pero bastante más débil cuando llega la hora de contar gente real y no virtual.

No es bueno el triunfalismo. Ni de un lado ni del otro.

Falta muchísimo para las próximas elecciones.

El Frente Amplio sigue siendo la fuerza política más numerosa del país y tiene una virtud que blancos y colorados conocen demasiado bien: hace de la unidad una religión.

Los opositores más entusiasmados creen que la elección de 2029 va a ser un paseo para Lacalle Pou y ganará con la fusta bajo el brazo.

Mientras tanto, los dirigentes colorados y blancos más experimentados, por convicción republicana o por viveza criolla, recomiendan calma.

Ya está, suficiente, no le peguen más. El presidente está en el suelo, dejen de patear al caído.

(“¡No me peguen, soy Orsi!”).

Las elecciones no se ganan ahora en junio de 2026, ni en un vivo por Instagram o YouTube.

Muchas veces la política uruguaya tiene la desagradable costumbre de definirse cuando parece que ya está todo resuelto.

Conviene recordar la final de la Libertadores de 1987. Con el empate, Peñarol estaba prácticamente vencido. América de Cali ya acariciaba la copa y en el minuto 120 apareció la Fiera Aguirre y cambió toda la historia.

En política también pasa.

Por eso conviene desconfiar de quienes están descorchando champagne y ya mandaron comprar el cajón.

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