Politica Nacional

Gobernar sin misiles

Luis Marcelo Pérez

Desde Alexis de Tocqueville hasta Antonio Gramsci y Byung-Chul Han, el poder aparece como una fuerza que no necesita armas para imponerse. Este artículo recorre sus ideas para mostrar cómo la política moderna se juega en la cultura, en la subjetividad y en la manera en que una sociedad aprende a obedecer o a pensar.

Pensar la política sin atender a la cultura es como describir un río ignorando su cauce. En ese espacio donde se cruzan instituciones, ideas y vida cotidiana se encuentran dos figuras separadas por casi un siglo, pero unidas por una misma obsesión el destino de la sociedad moderna. Alexis de Tocqueville y Antonio Gramsci leyeron su tiempo con instrumentos distintos, pero ambos comprendieron que el poder no se sostiene solo por la fuerza ni por las leyes, sino por algo más profundo y silencioso la manera en que una sociedad piensa, siente y se organiza.

Tocqueville escribe desde la Europa del siglo XIX, marcada por la caída del Antiguo Régimen y el avance irreversible de la igualdad social. Su viaje a Estados Unidos no fue un simple estudio comparado, sino una exploración filosófica del futuro. Para él, la democracia no era solo un sistema político, sino un fenómeno social total que transformaba costumbres, vínculos y mentalidades. Su mayor preocupación fue cómo preservar la libertad en una sociedad de iguales. Advirtió el riesgo de un despotismo suave, un poder tutelar que, sin recurrir a la violencia, podía adormecer la voluntad de los ciudadanos y convertirlos en individuos aislados, satisfechos y dependientes del Estado.

Gramsci, en cambio, escribe desde la Italia convulsionada del siglo XX, atravesada por la industrialización tardía, la derrota del movimiento obrero y el ascenso del fascismo. Su reflexión nace en la cárcel, bajo la experiencia directa de la represión política. Donde Tocqueville ve el peligro de la pasividad democrática, Gramsci observa la eficacia de la dominación cultural. Introduce el concepto de hegemonía para explicar por qué las clases dominantes logran que su visión del mundo sea aceptada como sentido común. No basta con controlar el Estado. Hay que influir en la cultura, la educación, el lenguaje y las creencias cotidianas.

Ambos comparten una intuición decisiva el poder moderno no se ejerce únicamente desde arriba. Se filtra en la vida diaria. Tocqueville habla de costumbres, asociaciones y moral pública. Gramsci habla de intelectuales orgánicos, escuela, prensa y religión. En los dos casos, la política se desplaza del Parlamento al tejido social. La diferencia está en el horizonte. Tocqueville busca proteger la libertad frente a la uniformidad de la igualdad. Gramsci busca emancipar a los subordinados mediante una nueva conciencia colectiva.

Sus diagnósticos revelan sus contextos. Tocqueville teme que la democracia produzca individuos encerrados en su bienestar privado. Gramsci teme que la modernidad produzca masas moldeadas por una cultura dominante. El primero confía en las asociaciones civiles como barrera contra el aislamiento. El segundo confía en una reforma intelectual y moral capaz de construir una nueva hegemonía. Uno piensa desde el liberalismo crítico. El otro desde un marxismo cultural.

Sin embargo, hay una cercanía menos evidente. Ambos rechazan la idea de que la historia avance solo por mecanismos económicos o por decretos legales. La democracia de Tocqueville y la hegemonía de Gramsci son conceptos que ponen en el centro la subjetividad social. Ninguno reduce la política a un problema técnico. Ambos entienden que una sociedad se gobierna también por creencias compartidas, hábitos e imaginarios.

Esa coincidencia los vuelve sorprendentemente actuales. En un mundo donde la política se libra tanto en elecciones como en redes sociales, donde la opinión pública es moldeada por algoritmos y emociones, Tocqueville y Gramsci parecen dialogar a distancia. El primero advertiría sobre la tentación de delegar todo en un poder protector. El segundo señalaría cómo ese poder construye consenso a través de la cultura.

Si buscamos un puente hacia el final del siglo XX, aparece Zygmunt Bauman. Su idea de modernidad líquida recoge elementos de ambos. Como Tocqueville, observa la fragilidad de los vínculos en sociedades de individuos formalmente libres pero socialmente inseguros. Como Gramsci, entiende que el poder se ejerce a través de formas culturales, consumos, narrativas y miedos. Bauman describe un mundo donde ya no se impone una hegemonía sólida, sino una dominación difusa sostenida por el mercado y la incertidumbre.

Pero es en el siglo XXI donde estas intuiciones alcanzan una nueva forma con Byung-Chul Han. Su análisis del poder ya no se centra en la represión ni en la propaganda clásica, sino en una dominación que se ejerce desde la positividad. No hay censura, hay saturación. No hay prohibición, hay autoexigencia. El sujeto ya no es oprimido, sino que se explota a sí mismo en nombre de la libertad y del rendimiento. Si Gramsci habló de hegemonía cultural y Tocqueville de despotismo suave, Han describe una psicopolítica donde el control se internaliza y se vuelve invisible.

El poder contemporáneo ya no necesita disciplinar cuerpos. Necesita gestionar emociones, atención y deseo. La cultura deja de ser solo un campo de disputa ideológica para convertirse en un sistema de producción de subjetividad. Redes sociales, consumo, espectáculo y productividad forman una trama donde el individuo cree decidir mientras reproduce patrones impuestos. La hegemonía ya no se impone desde fuera. Se habita desde dentro.

Aquí se produce una continuidad inquietante. Tocqueville temía ciudadanos aislados y satisfechos. Gramsci temía conciencias colonizadas por la cultura dominante. Han observa individuos agotados, convencidos de ser libres mientras obedecen lógicas que no controlan. Los tres describen formas distintas de un mismo fenómeno gobernar sin misiles.

Leer juntos a Tocqueville, Gramsci y Han no es un ejercicio académico sino una herramienta crítica para pensar nuestro presente. Uno nos recuerda que la democracia puede vaciarse desde dentro. Otro que toda dominación necesita ser aceptada culturalmente. El tercero que el poder actual ya no oprime sino seduce.

Quizá la enseñanza más profunda sea que la política no se juega solo en los grandes discursos ni en los programas partidarios. Se juega en la escuela, en la prensa, en las redes, en el lenguaje, en los hábitos, en la forma en que una sociedad entiende la libertad y el éxito. Tocqueville lo vio en las asociaciones. Gramsci lo vio en la hegemonía. Han lo ve en la auto explotación.

Pensarlos juntos es un acto de resistencia intelectual frente a la simplificación de la política como mera gestión. Nos recuerdan que toda democracia necesita cultura y que toda cultura es un campo de disputa. Entre la advertencia liberal de Tocqueville, la crítica revolucionaria de Gramsci y el diagnóstico contemporáneo de Han se abre un espacio fértil para repensar el sentido de la vida pública en tiempos de incertidumbre.

Gobernar sin misiles es, en definitiva, gobernar las conciencias. Y comprenderlo es el primer paso para defender la libertad.

Compartir

Deja una respuesta