Política nacional

Hechos, No Palabras.

Nicolás Martínez

Sec. Gral. ARENA – Docente de Filosofía – Estudiante de Ciencia Política.

Para quienes estudiamos ciencia política, unos de los primeros conceptos en aprender es que la política debe ser entendida como la gestión del conflicto social. En este sentido Joseph Valles (2000) señala que “Nuestra opción es considerar la política como una práctica o actividad colectiva, que los miembros de una comunidad llevan a cabo. La finalidad de esta actividad es regular conflictos entre grupos. Y su resultado es la adopción de decisiones que obligan -por la fuerza, si es preciso- a los miembros de la comunidad.”

En este sentido, la democracia heredada de la cultura ateniense, nuestro gobierno del pueblo está cimentado desde la antigüedad en la articulación del conflicto, de los disensos, de la pluralidad de visiones e ideas, por lo que es menester el diálogo, la discusión y el intercambio de ideas para la organización política de la sociedad, de los asuntos públicos al decir de Aristóteles, para alcanzar el bien común, es decir, la felicidad de los ciudadanos.

Es así como nuestro Estado, nuestra República, está conformado por el hombre, hombre como ser racional, que piensa y reflexiona (a veces menos de lo que nosotros quisiéramos) pero que posee la capacidad de discernir, de elegir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo virtuoso y lo no virtuoso.

Entonces, en la necesidad de regulación del conflicto y del bien común en un estado democrático y republicano, tanto hombres como mujeres libres discutirán sobre los asuntos públicos, sobre los problemas de la sociedad, articulando acuerdos, consensos y soluciones, acción conocida como “parlamentar”.

El lector podrá intuir entonces, que el ámbito por excelencia para parlamentar, para la discusión de ideas de lo público, es el Parlamento, el que se constituyó y sesionó por primera vez el 22 de noviembre de 1828, en aquel entonces unicameral, asumiendo como Diputados y Constituyentes Don Pedro Berro, Don Silvestre Blanco, Don Cristóbal Echevarriarza, Don José Ellauri, Don Jaime Zudáñez, Don Ramón Massini, Don Luis Lamas y Don Eufemio Masculino, por «Montevideo y sus Extramuros», Don Gabriel A. Pereira, Don Alejandro Chucarro, Don Lorenzo Fernández y Don Atanasio Lapido, «por el Departamento de Canelones», Don Manuel Calleros, Don Feliciano Rodríguez y Don José Vázquez Ledesma, «por el Departamento de San José, Don Joaquín Suárez, Don Juan Pablo Laguna, Don Lázaro Gadea, Don Santiago Sayago y Don Luis B. Cavia, «por el de Soriano», Don Antonino Domingo Costa y Don Manuel Haedo, «por el de Sandú», Don José A. Ramírez, «por el del Durazno», Don Juan Francisco Gira, Don José Antonio Zuvillaga, Don José Trápani y Don José L. Osorio, «por el de Maldonado», y Don Cipriano Payán, «por el de Cerro Largo».

Dicho esto, en una democracia representativa como la nuestra, los ciudadanos depositamos lustro a lustro en elecciones libres, nuestra confianza por mandato popular en los representantes del pueblo, actores políticos y sociales que tendrán la noble tarea de gestionar las desigualdades sociales.

Ahora bien, en el imaginario colectivo es de esperarse un sentido de responsabilidad y de compromiso del representante para con el representado, en el entendido de un convenio recíproco y constructivo, de la política como una noble herramienta de transformación que será utilizada para alcanzar el bien común, en el accionar de parlamentar, de discutir ideas y representar en forma responsable y concreta. Pero bien sabrá el querido lector, que no siempre se materializan las buenas intenciones, ni que siempre se ejerce con responsabilidad y honradez las tareas asumidas y encomendadas de manera altruista por aquellos que han sido designados a ello.

Un ejemplo de ello, haciendo referencia a la ausencia de responsabilidad republicana de algunos representantes, que muchas veces están mayormente preocupados por tergiversar la realidad, por incurrir en acciones que les brinden sus cinco minutos de auge en los principales medios, o que también como consta en la memoria colectiva, se busca un rédito personal mediante el accionar altruista de la estrategia de polemizar en función de la tan clásica calculadora electoral, prueba de ello es lo ocurrido el pasado jueves 18 del corriente.

Como bien sabrá el lector, mediante sesión extraordinaria el Parlamento aprobó la limitación al derecho de reunión en el marco de la emergencia sanitaria, derecho consagrado en el artículo N°38 de la Constitución, con 16 votos en 29 en la Cámara de Senadores, y con 52 votos en 89 en la Cámara de Diputados. Lo novedoso e insólito de esta instancia fue que en la Cámara de Senadores mientras estaba hablando la miembro interpelante Carmen Asiaín, la bancada del Frente Amplio se retiró de sala, denostando una actitud de oposición poco responsable.

No es saludable para los intereses de la ciudadanía y de la República, que una bancada se retire en actitud de “complejo de berrinche infantil” o de “me llevo la pelota” porque el discurso del otro no está alineado con los intereses propios, intereses que no deben ser jamás los propios, sino por el contrario, los intereses del bien común, los intereses de la sociedad.

Es interesante y también contradictorio, observar cómo el mismo partido político que se rasga las vestiduras exigiendo a todas voces restringir la movilidad por parte del gobierno, se niega a votar medidas para prohibir las aglomeraciones, principal causa de la expansión del virus, medida que busca priorizar la salud y el bien común bajo las premisas de responsabilidad y libertad.

Sobre esto último, es bien sabido que algunos actores no tienen una gran afición por la palabra libertad, o su concepción e interpretación es hemipléjica, circunstancial, oportunista y afines a intereses particulares e ideológicos, pero esa es otra discusión.

Volviendo a lo medular de esta columna, nuestros tiempos actuales, tiempos de pandemia, necesita de representantes responsables, con discrepancias ideológicas en el acierto o en el error, pero siempre dispuestos al diálogo, al consenso, porque lo que está en juego en estos momentos, no es nada más ni nada menos que la salud de la sociedad. Ya habrá tiempo de hacer marcaciones electorales y de ver quién grita más fuerte, este no es el momento. Este es el momento de discutir, de buscar soluciones, de parlamentar. No necesitamos gobernantes iluminados por el influjo del Tío Marx o soluciones de “pan para hoy y hambre para mañana”. Necesitamos una oposición responsable, necesitamos gobernantes a la altura de las circunstancias, necesitamos compromiso, respeto, vocación por lo público y libertad, siempre libertad. Hechos, no palabras.

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