Política Internacional

La casta

Ricardo J. Lombardo

Se ha puesto de moda hablar de la “casta” política, a instancias de Javier Milei el candidato a la presidencia argentina que enfrenta así el statu quo.

Es necesario, sin embargo, diferenciar lo corrupto, disfuncional, abusivo y antirrepublicano que ha mostrado el funcionamiento de las instituciones en el vecino país en las últimas décadas bajo el peronismo-kirchnerismo, del sistema republicano democrático funcional que se sustenta en  negociaciones políticas para lograr los acuerdos imprescindibles para conciliar las diferentes posiciones e ideas en un sistema democrático de convivencia saludable.

Históricamente, el que introdujo la idea de “casta política” fue el poeta italiano Gabriele D’Annunzio allá por 1920 cuando su país se debatía en el caos luego de la segunda guerra mundial, en medio de una pobreza generalizada y la frustración de los combatientes que habían vuelto a la vida social sin ningún tipo de reconocimiento.

Italia había sido tratada como el primo pobre en el Tratado de Versalles, a pesar de haber protagonizado sangrientas batallas contra los austríacos, y un sentimiento de resentimiento se generalizaba.

La violencia entre los socialistas que habían promovido el abstencionismo en la guerra pues la consideraban la decadencia del capitalismo, los socialistas intervencionistas que habían sido tildados traidores a la causa proletaria, la “huelguísima” promovida por los comunistas inspirados desde Moscú, terminaron por desacreditar el sistema parlamentario democrático que trataba de recomponer la convivencia.

En ese contexto, surge el fascismo, como derivado de los socialistas intervencionistas.

El poeta D’Annunzio fue uno de sus principales inspiradores. Incluso, con un grupo de ex combatientes de la guerra, invadió Il Fiume, contraviniendo las decisiones del gobierno constitucional y reivindicando un derecho territorial que le había sido negado en Versalles.

En un reportaje publicado en el periódico Idea Nazionale, D’Annunzio proclamó:

“Es necesario que la nueva fe popular prevalezca, por cualquier medio, contra la casta política que intenta prolongar por todos los medios formas de vida discapacitadas y dignas de desprecio. Si se haced necesario llamar a la carga, yo mismo lo haré. Y todo lo demás es podredumbre.”

Según narra Antonio Scurati en El Hijo del Siglo, la biografía de Mussolini, “al cabo de unas horas, tan solo, la imagen de la clase política como una “casta” privilegiada y separada de la sociedad” …” comienza a arraigar en el tronco del descontento popular”.

Quién luego sería Il Duce, se inspiró en esa proclama del vate y la historia sabe lo que siguió.

La descontrolada violencia desde la izquierda y la derecha terminaron por destruir la incipiente democracia italiana que buscaba obtener las mayorías necesarias para reconstruir el país, mediante negociaciones, concesiones, tolerancia, compromiso. Como debe hacerse cuando las sociedades están divididas y amenazan con volverse intolerantes.

El fascismo convertido en partido-ejército, terminó obligando al rey Vittorio Emanuele III a darle el gobierno a Mussolini y a sus camisas negras, iniciando una feroz dictadura que llevó a los italianos a la mayor intolerancia, toda clase de atropellos  y a la locura de otra guerra atroz.

Las lecciones de la historia hay que escucharlas para no volver a tropezar con la misma piedra.

La corrupción, el abuso desde el Estado, y la antirrepública, terminan dando lugar a peligrosos aventureros y oportunistas.

La solución verdadera no es otra que cuidar y  fortalecer siempre las instituciones republicano-democráticas, la tolerancia, el derecho de las mayorías y el respeto a las minorías.

Cualquier similitud con la realidad de hoy de la Argentina, no es pura coincidencia.

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