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PROGRES Y RETROS

La LUC y el presupuesto

Hugo Fernández Faingold

Algunos se refieren al Presupuesto como la “Ley Madre”, y en alguna medida lo es. Pese a que la investigación nacional en Ciencia Política se ha ocupado relativamente poco de explorar el proceso de armado, aprobación y ejecución del Presupuesto Nacional, la verdad es que allí es donde se corta el bacalao en cuanto al grueso de las políticas públicas, la distribución de los recursos que el Estado gasta e invierte, y al origen de esos recursos.

Según contaba un vecino que había sido secretario del fallecido Presidente Tomás Berreta, a fines de los ’40 (hace casi 80 años) al Presupuesto le decían “Planillado”. Un Planillado de cargos y gastos. Y eso era el Presupuesto, al cual –año tras año y a veces mes a mes- se le iban agregando y modificando renglones. En la reforma de los ’60 (hace algo más de medio siglo) la Constitución consagra el “Presupuesto por Programas”. En un mundo ideal, esto significa que al comienzo de los cinco años de la Administración el Ejecutivo debe realizar un conjunto de propuestas en materia de políticas públicas. Para llevarlas adelante, propone al Legislativo cuánto de estas se avanzaría en los cinco años del Presupuesto. Esto es, con objetivos complejos y completos para dar cumplimiento a las políticas, un verdadero “programa”, una indicación de los recursos necesarios para solventar gastos e inversiones, y una propuesta sobre el origen de esos recursos (impuestos, préstamos, etc.).

El razonamiento de la norma reconoce que el cumplimiento de las políticas requiere tiempo, ajustes y correcciones. Por eso, a diferencia de otros países, establece que el Presupuesto es para los cinco años, y manda que en cada uno de esos años, el Ejecutivo rinda cuentas de lo hecho (tanto de los “programas”, como de los recursos utilizados), y con ello “ajuste clavijas” en materia de objetivos, metas y recursos, y enmiende rumbos si es necesario.

Primero la LUC, y después el Presupuesto, plantean las grandes líneas programáticas de los acuerdos que dieron lugar a la Coalición, consagradas por sus socios como el eje principal de los cambios de este ciclo político.

Creo que el gran desafío del Presupuesto que hoy discute el Parlamento consiste en distinguir los “programas” de los “planillados”, y tratarlos a ambos en su justa dimensión. Lo planteo así porque –si me permiten simplificarlo– la bancada del FA sostiene que los programas que impulsó durante quince años son intocables: “… ni un paso atrás”, asumiendo que cualquier cambio lo es necesariamente, al tiempo que le exige al Gobierno (en plena pandemia, además) un “Planillado” con aumento de los recursos para cada uno de esos programas. Mantener a la gente, darle más plata para hacer esencialmente más de lo mismo. Igual con aquellos programas que el FA enunció y nunca llegó a financiar; con los funcionarios que nombró y las oenegés que  creó para repartir recursos deshaciéndose de responsabilidades directas y traspasándolas a compañeros fuera del Estado, que hoy reclaman continuidad, como oenegés o directamente como funcionarios.

De paso, movilizar por separado a cada uno de los los grupos de funcionarios de todos y cada uno de los programas de cada inciso, y al PIT-CNT en su conjunto, en defensa de una especie de statu-quo.2 que representa, en resumen, QUE NADA CAMBIE Y QUE TODO SIGA IGUAL.

Todo bien con el FA, pero entre bomberos no vale pisarnos la manga.

El país tiene, por ejemplo, más pobres que los que el FA reconoció como tales, y más gente en la informalidad que los que FA admitió tener. ¿Mantenemos el objetivo de eliminar la pobreza? Por supuesto que sí. Definitivamente. Y si esto es así ¿seguimos utilizando las transferencias –en especial las transferencias SIN condiciones–  como el instrumento principal para lograrlo? ¿Todo esto a partir de la estructura burocrática del MIDES, sus funcionarios y la cohorte de oenegés ejecutando recursos? La visión RETRO lo defiende con uñas y dientes, más allá de lo limitado de sus resultados.

En lo personal pienso que las transferencias son apenas uno de los instrumentos que se deben movilizar en situaciones y circunstancias puntuales, específicas, y siempre bajo la modalidad de CONDICIONADAS. Pero las políticas para terminar con la pobreza requieren otras estrategias y acciones de mediano y largo plazo en materia de  educación, de infraestructura doméstica y de “espalda” en cuanto a la cultura y los servicios en los barrios, además de la imprescindible creación de empleos y empresas a partir de mayores inversiones, dirigidas en forma inteligente.

¿Y la educación? ¿Más plata para hacer más de lo mismo, sin siquiera intentar algo (más allá de la “boquilla”) para cambiar realmente su ADN, y hacerlo, en todo caso, para mejor?

Yo voté a la Coalición pensando en los programas y no en los planillados. Y lo hice desde el Partido Colorado, convencido de su vocación de plasmar ese espíritu batllista que hoy está en el ADN de toda la sociedad, en programas renovados, de corte progresista en su concepción y sobre todo en su gestión, alejados del ánimo “RETRO” y del “no toquen nada” que parece ser la impronta del FA en la oposición.

Muy probablemente el PIT-CNT, o alguna de sus sucursales, con la complacencia del FA, juntarán firmas en un intento por derogar la LUC. Como siempre, con los ojos puestos en el retrovisor y no el parabrisas. RETRO será también su visión y análisis del Presupuesto. Siento que hay que dar la batalla. No una batalla en contra de nadie, sino contra el inmovilismo y a favor del cambio. Llegamos proponiéndolo. Ahora toca hacerlo.

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