Siga, siga
Ricardo Acosta
Hay cosas que no cambian.
O, mejor dicho: hay cosas que sí cambian… pero dependiendo de quién esté en el gobierno.
Durante años, la seguridad fue el tema central. Cada rapiña, cada homicidio, cada hecho violento se transformaba en un debate nacional. Había conferencias, reclamos, presión política constante y una sensación clara de que lo que pasaba en la calle tenía consecuencias en el poder.
Hoy, con hechos similares —y en algunos casos más visibles—, el clima es otro.
No es que no pase nada.
Pasa. Y pasa mucho.
Robos en modalidad “piraña”, ajustes de cuentas, violencia que se repite en distintos puntos del país. Escenas que ya no sorprenden porque se volvieron parte de la rutina informativa. Pero lo que cambió no es solo el delito. Lo que cambió es la reacción.
Porque mientras los números oficiales intentan mostrar una tendencia a la baja, la percepción en la calle cuenta otra historia. Y en política, la percepción no es un detalle menor: es muchas veces la base sobre la que se construye la confianza o el rechazo.
Ahí aparece la pregunta incómoda.
¿Por qué lo mismo genera reacciones distintas?
¿Por qué antes cada episodio era una crisis y hoy parece un dato más dentro del paisaje?
La reciente interpelación al ministro del Interior dejó en evidencia algo más profundo que una discusión de cifras. Más allá de los números, lo que quedó sobre la mesa fue una diferencia de enfoque. Desde la oposición, voces como las de Tabaré Viera y Pedro Bordaberry marcaron con claridad que el problema no es solo qué dicen las estadísticas, sino qué está pasando realmente en la calle.
Y ahí es donde el discurso empieza a hacer ruido.
Porque se puede discutir si los delitos bajaron uno o dos puntos. Se pueden comparar períodos, metodologías, contextos. Pero hay algo que no entra en ninguna planilla: la sensación de que la violencia sigue presente.
Y más aún: la sensación de que ya no genera la misma reacción.
Antes había presión.
Hoy hay explicación.
Antes había urgencia.
Hoy hay contexto.
Antes había responsabilidad política inmediata.
Hoy parece haber margen para interpretar.
Y eso es lo que incomoda.
Porque cuando la vara cambia según quién gobierna, el problema deja de ser únicamente de seguridad y pasa a ser político.
No se trata de negar los datos ni de desconocer la complejidad del tema. Gobernar la seguridad nunca fue fácil. Pero tampoco lo era antes. Y, sin embargo, el nivel de exigencia era otro.
Hoy, en cambio, da la sensación de que muchas jugadas siguen… aunque la falta sea evidente.
Se naturaliza.
Se relativiza.
Se explica.
Y en ese proceso, lo que se pierde es algo más importante que una discusión de cifras: se pierde la coherencia.
Un gobierno no solo se mide por lo que hace, sino también por cómo reacciona frente a lo que pasa. Y una oposición no solo se define por lo que critica, sino también por lo que tolera cuando le toca estar del otro lado.
Por eso, el problema ya no es solo la inseguridad.
Es la vara con la que se mide.
Porque cuando el delito deja de escandalizar según quién esté en el poder, cuando la reacción depende del color político y no de la gravedad del hecho, el mensaje que se transmite es peligroso.
No para un gobierno.
Para todos.
Porque en ese escenario, la política deja de ser una herramienta para resolver problemas y pasa a ser un filtro que los acomoda según conveniencia.
Y mientras tanto, en la calle, la realidad sigue su curso.
Con violencia.
Con miedo.
Con incertidumbre.
Pero con una diferencia cada vez más clara:
la falta está…
y nadie la cobra.