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Competitividad: la palabra, los hechos y el riesgo

Tabaré Viera

La competitividad no es un eslogan. Es la condición básica para que un país pequeño, abierto y lejano como el Uruguay pueda crecer, generar empleo y sostener el bienestar. Sin competitividad, no hay inversión; sin inversión, no hay trabajo; y sin trabajo, el tejido social se resiente.

En este primer año de gobierno del Frente Amplio, la palabra “competitividad” ha estado presente en el discurso oficial, particularmente en las intervenciones del ministro de Economía, Gabriel Oddone. Ha reconocido, con acierto, que Uruguay enfrenta problemas estructurales: costos elevados, atraso relativo en productividad, presión fiscal significativa y dificultades para insertarse dinámicamente en la región y el mundo.

Hasta ahí, coincidimos. El problema empieza cuando pasamos de las palabras a los hechos.

El propio ministro ha señalado la necesidad de mejorar la competitividad sistémica: logística, costos energéticos, regulación, inserción internacional. También ha advertido sobre las restricciones fiscales y la necesidad de sostener la solvencia macroeconómica. Sin embargo, las primeras señales de política no han ido en esa dirección.

Por el contrario, lo que vemos es un deterioro de las expectativas fiscales, algo que desde la oposición advertimos, y una creciente probabilidad de ajustes que recaerán, directa o indirectamente, sobre el sector productivo.

La pregunta es inevitable:


¿Puede un país mejorar su competitividad si aumenta la carga fiscal, encarece sus costos y reduce los incentivos a producir e invertir?

La evidencia indica lo contrario.

En estos meses hemos observado señales preocupantes: empresas que cierran o reducen actividad;
sectores industriales con dificultades para sostener mercados; comercio de frontera golpeado por la asimetría de precios; y, lo que es más significativo, subsectores dinámicos, como el software, que comienzan a advertir pérdida de competitividad.

Cuando incluso los sectores más innovadores sienten el impacto, el problema ya no es coyuntural: es estructural.

El gobierno ha planteado que parte de la solución vendrá por la vía de una mayor “eficiencia recaudatoria”. Es decir, recaudar mejor sin subir impuestos. Pero la experiencia, en Uruguay y en el mundo, muestra que ese camino tiene límites claros. Cuando esos límites se alcanzan, el ajuste aparece por otras vías: más presión tributaria, menos gasto productivo o mayores costos indirectos.

Ahí está el riesgo.

Porque un ajuste fiscal mal diseñado puede transformarse en un factor adicional de pérdida de competitividad. Más impuestos, tarifas elevadas o rigideces regulatorias terminan trasladándose a los precios, reduciendo márgenes, frenando inversiones y, finalmente, afectando el empleo.

No se trata de negar la importancia del equilibrio fiscal. Se trata de advertir, como ha señalado el propio ministro, que “la consolidación fiscal es necesaria, pero su calidad importa” : no cualquier camino hacia ese equilibrio es neutro para la economía real

¿Qué deberíamos hacer?

Primero, reconocer que la competitividad es un problema transversal del Estado. No se resuelve solo desde el Ministerio de Economía. Requiere decisiones en energía, combustibles, logística, regulación laboral, inserción internacional y gasto público.

Segundo, evitar cualquier incremento de la carga fiscal sobre los sectores productivos. En un país caro, subir costos es condenar actividad.

Tercero, avanzar decididamente en la apertura comercial. Uruguay necesita más mercados, no menos. Cada barrera que se mantiene es una oportunidad que se pierde.

Cuarto, revisar el costo del Estado. No para debilitarlo, sino para hacerlo más eficiente. Un Estado pesado termina siendo un lastre para quienes producen.

Quinto, dar señales claras y estables a la inversión. La incertidumbre es enemiga de la competitividad.

Finalmente, asumir que el crecimiento no vendrá por decreto ni por relato. Vendrá por condiciones reales que hagan viable producir, exportar y generar empleo.

Hoy, esas condiciones están en riesgo.

El Uruguay ha construido, con esfuerzo, una reputación de seriedad y estabilidad. Pero la estabilidad, sin competitividad, es apenas una ilusión estática. Y un país que se queda quieto en un mundo que se mueve, en realidad, retrocede.

La advertencia está hecha.

El desafío es actuar antes de que los costos sean mayores.

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