Política nacional

Vida nueva

Fátima Barrutta

Es difícil nombrar a la muerte cuando se habla de Adrián Peña.

Como el nombre del club de baby fútbol de su querida San Bautista, es mejor hablar de Vida Nueva.

Y no por una creencia religiosa, sino por una constatación de la realidad: la partida temprana de Adrián es solo el comienzo de un ejemplo vital que lo trasciende y que sus amigos y correligionarios sabremos continuar.

El estrés y la sobre exigencia de la campaña electoral, que todos quienes compartimos esta tarea asumimos con alegría y pasión, nos arrebata injustamente a uno de los mejores de los nuestros.

Un dirigente que se hizo de abajo, sumando adhesiones en el departamento sociológicamente más diverso y complejo del país, y que de conducir un emprendimiento avícola pasó a convertirse en una de las personalidades más influyentes de nuestro partido y del gobierno de coalición.

Símbolo del Uruguay batllista, el de la equidad en el punto de partida, el que premia el trabajo, la inteligencia, el esfuerzo, la constancia en el camino de la superación personal y el mejor servicio a los semejantes.

En cierta forma su fallecimiento prematuro simboliza su manera de ser: apasionado por dar lo mejor de sí a sus compatriotas y proporcionalmente desaprensivo con su comodidad personal.

Como cuando debió renunciar al cargo de Ministro de Ambiente que desempeñó con excelencia, por el simple hecho de no haber recordado él mismo un curso que ya había salvado y que avalaba su título profesional, puesto en entredicho por denuncias ruines de politiquería barata.

Ese tropezón mediático no impidió que Adrián, desde el Senado, siguiera asumiendo un rol preponderante en una coalición diversa, que atravesó distintas circunstancias difíciles que la pusieron a prueba.

Como gran dirigente colorado, Adrián fue articulador eficaz hacia dentro y hacia afuera, logrando consensos con los partidos socios y atemperando rispideces con una oposición siempre iracunda y nunca constructiva.

También supo pararse firme contra el socio mayoritario, como cuando presentó el proyecto de ley destinado a transparentar el ingreso a las intendencias departamentales a través de concursos y sorteos.

Dijo en la cámara alta: “Entiendo la posición política que pueda tener otro partido. No la comparto pero la entiendo”.

Pero  enfatizó su rechazo “al uso indiscriminado para acomodar al amigo político y para condicionar el voto. La compra política a través del empleo público que paga toda la gente no puede seguir pasando en el Uruguay de este tiempo. Y es una actitud soberbia decir que el proyecto es en contra del interior, del que vengo, al que defiendo y en el que vivo hasta el día de hoy”.  

Sus palabras pueden leerse ahora, en el dolor de su partida, casi como un testamento político, un legado indeleble de honestidad y dignidad en el servicio público.

Por eso la congoja de todos quienes tanto lo apreciamos y admiramos.

Por eso el llanto emocionado de todo el pueblo de San Bautista, que tiene en Adrián un hijo predilecto del que se enorgullece.

Por eso las palabras dolientes del diputado canario Walter Cervini, su compañero de tantas horas, durante el sepelio.

Volviendo de San Bautista con un nudo en la garganta, me detuve en un pequeño local a pedir un café.

La señora que lo atendía, María Cristina, me dijo que estaba a punto de cerrar: “hoy es un día muy triste para San Bautista; murió Adriancito”.

Me contó que ella es batllista, porque desde su humilde condición, tuvo seis hijos, cinco mujeres y un varón, y hoy son todos profesionales.

Ese es el sueño que Adrián nos impulsa a seguir cumpliendo.

El de un país de oportunidades, donde un modesto emprendedor de un pequeño pueblo canario pueda llegar a convertirse en diputado, senador y ministro de Estado, por la sola fuerza de su educación y empeño. Que pueda alcanzar sus metas, como los hijos de María Cristina, la señora del cafecito y las tartas deliciosas  de San Bautista.

Hasta siempre Adrián, seguiremos tu ejemplo.

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