Una película bélica
Pablo Caffarelli
El viernes 15 de agosto, en Alaska, Donald Trump y Vladímir Putin desplegaron un espectáculo bajo el eslogan “Persiguiendo Paz”. La puesta fue impecable en lo visual: alfombra roja, apretones de mano ensayados, sonrisas tensas y hasta un paseo en la limusina blindada de Trump. Todo parecía diseñado por un director de Hollywood más que por diplomáticos buscando una salida a la guerra.
El guion fue minucioso: luces, cámaras y un decorado que transmitía poder, cordialidad y la promesa de un “nuevo inicio”. Pero detrás del telón, la trama se desmoronó. Ni acuerdos, ni concesiones, ni siquiera un mínimo esbozo de paz para Ucrania. Trump salió diciendo que la reunión había sido “extremadamente productiva”, expresión que suena más a eslogan de campaña que a logro diplomático. Putin, en cambio, se llevó algo más tangible: la foto. La imagen de un líder recibido con honores en territorio estadounidense, legitimado, lejos de la etiqueta de paria que pesa sobre el Kremlin.
La diferencia entre la forma y el fondo fue abismal. Los titulares mostraron la coreografía, pero la realidad se impuso rápido: Washington no apretó a Moscú, Kiev quedó excluido de la mesa y el conflicto sigue exactamente dónde estaba. Quizás peor: porque la sola postal de Putin sonriendo junto a Trump ya es capital político para Rusia.
¿Quién ganó, entonces? Trump obtuvo la foto de hombre de acción, aunque en los hechos no consiguió nada. Putin logró mucho más: el relato de que su poder es reconocido y que su posición es parte inevitable del tablero global. Y Ucrania, una vez más, es el gran perdedor: ausente, silenciado, convertido en objeto y no en sujeto de la discusión. Cada cumbre sin Kiev es un paso más hacia su debilitamiento y un nuevo alargue de una guerra que ya consume años, territorios y vidas.
Mientras políticos y periodistas se deleitaban con cócteles y lujosos cáterings en los imponentes paisajes del estado más nórdico de Estados Unidos, en otro rincón del mundo hombres y mujeres siguen entregando la vida, padeciendo violaciones a los derechos humanos, hambre y el desgaste insoportable de una guerra interminable que consume hasta el último de sus recursos.
¿Está tan distorsionado el mundo actual que aceptamos como “histórica” una reunión diseñada para las redes sociales, mientras dejamos de mirar la realidad que verdaderamente importa?
El encuentro de Anchorage quedará como un episodio de alto voltaje simbólico, cinematográfico en su estética, pero vacío en resultados. Una película bélica con actores principales obsesionados por la cámara, donde el único que paga —y caro— es el más débil.