La generación anestesiada: pantallas, silencio estatal y la caducidad del pensamiento
Dr. Pablo Caffarelli
Vivimos en una época extraña y profundamente contradictoria. Nunca fue tan fácil comunicarse y, sin embargo, nunca estuvimos tan desconectados como ahora. Las pantallas colonizaron nuestra vida cotidiana con una eficacia silenciosa: se metieron en los bolsillos, en las mesas familiares, en los dormitorios y, finalmente, en la cabeza. Ya no solo ocupan tiempo; moldean conductas, emociones y formas de pensar. El resultado es visible: personas cada vez más aisladas, con vínculos más frágiles, ideas más simples y una dependencia creciente de la validación ajena.
El intercambio humano fue reemplazado por reacciones automáticas. La conversación profunda por el comentario rápido. El pensamiento por el scroll infinito. Hoy la autoestima se mide en likes, visualizaciones y alcance. Cuando esa aprobación no llega —o llega en menor cantidad— la caída emocional es inmediata. La confianza personal se volvió vulnerable, volátil, dependiente. Y una sociedad emocionalmente frágil es, también, una sociedad más deprimible.
Este no es un fenómeno local ni anecdótico. Es global. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo. Uruguay, lejos de estar al margen, enfrenta una situación particularmente grave: en 2024 la tasa fue de 21,35 por cada 100.000 habitantes, con 764 personas fallecidas, y la tendencia general desde el año 2000 sigue siendo ascendente. Detrás de esos números hay familias rotas, silencios imposibles y preguntas que llegan siempre tarde.
El aumento del suicidio, especialmente entre jóvenes, no puede analizarse de forma aislada. El consumo excesivo de redes sociales aparece una y otra vez como un factor que atraviesa esta crisis. Jóvenes hiperconectados, pero emocionalmente solos. Saturados de estímulos, pero vacíos de sentido. Con cientos o miles de seguidores virtuales y una soledad real que no se puede maquillar con filtros.
Los expertos advierten algo todavía más inquietante: el pensamiento crítico está caducando. No por falta de capacidad intelectual, sino por el impacto directo del uso excesivo y fragmentado de pantallas sobre el cerebro. Desde la neurociencia se señala que la sobreestimulación digital afecta la corteza frontal, responsable de funciones esenciales como la concentración, la reflexión, la planificación y el autocontrol. El efecto es evidente en la vida cotidiana: jóvenes que no logran sostener la atención, que se frustran con facilidad, que no pueden leer textos largos, estudiar con profundidad ni involucrarse en actividades que requieran esfuerzo intelectual sostenido. Pensar cansa. Reflexionar aburre. Leer desespera.
No se trata solo de educación. Es un problema neurobiológico y cultural. Estamos formando generaciones que reaccionan, pero no analizan; que opinan sin comprender; que repiten consignas sin procesarlas. El pensamiento crítico, base de la vida democrática y de la autonomía personal, se va apagando lentamente, reemplazado por estímulos inmediatos y gratificación instantánea.
En este contexto aparecen fenómenos que, aunque parezcan extravagantes, son profundamente reveladores. Jóvenes con máscaras de animales, colas improvisadas, arrastrándose para llamar la atención de una cámara (Therians). No como juego ocasional, sino como identidad. No importa el fenómeno en sí; importa lo que expresa: una necesidad desesperada de ser visto, de existir a través de la pantalla, de obtener repercusión digital porque la vida real ya no alcanza.
Y frente a todo esto, la pregunta incómoda es inevitable: ¿dónde está el Estado? ¿Dónde está el gobierno frente a una crisis que ya dejó de estar oculta y es cada vez más visible? No hay políticas públicas serias sobre consumo problemático y adicción a redes sociales. No hay campañas profundas de concientización. No hay una estrategia nacional que articule educación, salud mental y tecnología. Hay silencio. Y el silencio, en este caso, también mata.
No se trata de demonizar la tecnología ni de caer en nostalgias vacías. Se trata de recuperar lo humano. De volver a pensar sin notificaciones, a conversar sin pantallas de por medio, a leer, a aburrirse, a reflexionar. Porque una sociedad que deja de pensar es una sociedad fácil de manipular. Y una sociedad que anestesia a sus jóvenes está hipotecando su futuro. Las pantallas no nos están robando solo tiempo: nos están robando la capacidad de ser plenamente humanos.