Política nacional

¿Y si te mintieron?

Ricardo Acosta

No voy a discutir los pasacalles.

No me interesan tanto las telas como lo que dicen.

Y no seamos ingenuos.

Un pasacalle es un juego político.

Es estrategia.

Es provocación.

Es mensaje.

Nadie cuelga una tela por casualidad.

Pero una cosa es la jugada política.

Y otra cosa es el terreno donde cae.

Lo que me llama la atención no es la tela.

Es la reacción.

El enojo.

La descalificación.

Como si cuestionar al gobierno fuera casi un acto de traición.

Y ahí es donde empieza el problema.

Durante años se habló de educación como bandera central. No como un tema más.

Como el corazón del proyecto.

Se prometió con seguridad.

Se marcó diferencia moral.

Se exigió al que estaba antes.

Hoy aparece el presupuesto.

Aparecen los límites.

Aparece el “no es tan simple”.

Y la pregunta cae sola:

¿No se sabía antes?

Gobernar no es fácil.

Nadie lo desconoce.

Pero cuando se promete con tanta contundencia, la vara la pone uno mismo.

Cuando se era oposición, la crítica era sana.

El cacerolazo era legítimo.

La consigna callejera era compromiso ciudadano. Hoy, si la consigna apunta al oficialismo, es cobardía.

¿Cambió el criterio o cambió el lugar?

No se trata de comparar gobiernos para justificar nada. Se trata de coherencia.

Si la exigencia era máxima cuando gobernaba otro, no puede ser más baja ahora.

Y hay algo más.

Más allá de la jugada política, hay una sensación que empieza a escucharse.

En voz baja.

En charlas privadas.

Incluso entre votantes frenteamplistas.

No una traición épica.

No un escándalo monumental.

Una sensación de distancia.

Gente que esperaba otra prioridad en educación.

Gente que imaginaba otro rumbo económico.

Gente que no termina de sentirse representada por ciertos liderazgos o decisiones.

Eso existe. Aunque no se publique en redes. Aunque no se grite en actos.

El Frente Amplio tiene una capacidad enorme de reagruparse cuando siente presión externa. Cierra filas.

Se ordena.

Es una fortaleza política indiscutible.

Pero ahí también hay un riesgo.

Porque cuando la defensa automática le gana a la autocrítica, la política se vuelve cómoda.

Y la democracia necesita incomodidad.

La lealtad es valiosa.

Pero la lealtad sin exigencia se parece demasiado a la indulgencia.

Capaz no hubo una mentira deliberada.

Capaz hubo promesas hechas con más convicción que margen real.

Pero cuando la expectativa no coincide con la gestión, la palabra empieza a circular igual.

Y no la inventa la oposición.

La instala la sensación de que lo prometido no está teniendo el lugar que se dijo que tendría.

Si nadie sintiera eso, el pasacalle no tendría efecto.

La pregunta no es quién lo colgó.

La pregunta es por qué esa frase encuentra eco.

Y esa respuesta no la tiene un senador.

La tiene el votante.

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