Carnaval: cuando el país canta lo que la política no resuelve
Kim Gómez Parentini
Uruguay vive días de Carnaval.
Las murgas cantan, los tablados se llenan y la ironía popular —tan propia de nuestra cultura— vuelve a recordarnos que la política, en este país, nunca está demasiado lejos del escenario.
El Carnaval siempre ha sido un espejo. Un espejo humorístico, irreverente, pero espejo al fin. Y en ese espejo hoy aparece reflejado el primer año del nuevo gobierno.
Porque gobernar es mucho más que administrar coyunturas o responder a polémicas. Gobernar es fijar rumbo, dar certezas, construir autoridad política y transmitir confianza a la sociedad.
Y en estos meses, más que rumbo, lo que muchas veces hemos visto es una sucesión de episodios.
El debate sobre la transparencia administrativa, las polémicas en torno a decisiones del Estado y controversias como la que ha rodeado el caso Cardama han ocupado la agenda pública durante semanas. Pero mientras la política discute procedimientos y responsabilidades, los problemas reales del país siguen esperando respuestas.
El agua —ese bien esencial que Uruguay siempre consideró parte de su patrimonio colectivo— continúa siendo motivo de preocupación. La contaminación de cuencas y la incertidumbre sobre las fuentes de abastecimiento siguen presentes.
La seguridad, por su parte, continúa siendo la inquietud cotidiana de miles de familias.
A veces se pretende presentar el debate político como un exceso, como si la firmeza en la discusión fuera una anomalía de nuestra democracia. Nada más lejos de nuestra historia. Uruguay se forjó en debates intensos, en controversias duras y en discusiones políticas que marcaron época.
Aquellas polémicas no debilitaban la democracia: la fortalecían.
Por eso, discutir no es el problema.
El problema es cuando el país discute… y el gobierno no conduce.
Por eso muchos uruguayos empiezan a preguntarse si este no ha sido, simplemente, un año perdido.
Como tantas veces se ha dicho en nuestra tradición republicana:
“Los gobiernos pasan, pero las instituciones quedan.”
Quizás por eso el Carnaval también deja una enseñanza.
Las murgas se ríen del poder, lo caricaturizan, lo exageran. Pero detrás de la risa siempre hay una expectativa; que quienes gobiernan estén a la altura del país que representan.
Uruguay necesita debate.
Necesita instituciones fuertes.
Porque el país puede tolerar el ruido del debate.
Lo que no puede tolerar es el silencio del rumbo.