Política nacional

El desenfoque y el error que el gobierno no ve

Eduardo Fazzio

El propio presidente confiesa que no termina de entender por qué cae la aprobación de su gobierno. Esa frase, viniendo de quien viene, debería preocupar más que cualquier encuesta. Porque la respuesta rompe los ojos, y es justamente la que él confiesa no ver.

El gobierno está desenfocado y opera con baja intensidad sobre lo que importa. Da sensación de dilución en lo cotidiano, la impresión de que nadie está detrás de los asuntos fundamentales. Y hay quienes pensamos que la oposición no debería limitarse a señalarlo: tiene que mostrar que hay otra manera de gobernar el país.

Hoy lo que falta en Uruguay no es dinero, diagnóstico y menos discurso. Falta acción sinérgica entre Estado y la producción real, las cadenas de valor, con metas, cronogramas y responsables. La agenda de Oddone, en el Ministerio de Economía, es lo más cercano a una respuesta sensata, pero es demasiado prudente y genérica: necesitaría prolongarse en agendas sectoriales específicas. La propuesta de Alejandro Sánchez, de canalizar el ahorro nacional hacia las empresas públicas, leída desde acá, ni siquiera es relevante: conversa en otras dimensiones indefinidas de tiempo y espacio, mientras el tablero real espera.

Lo que no está pasando y debería ocurrir

Observemos la foto de la conducta gubernamental con respecto a los sectores productivos. El Estado uruguayo actúa hoy con algunos actores y no actúa con otros. Tiene mesa con los sindicatos vía Consejos de Salarios, tiene mesa con la Cámara de Industrias en País Industrial, escucha al secretario de Presidencia cuando propone mover los 46 mil millones de dólares ociosos en los bancos hacia UTE, Antel y OSE. Pero no tiene mesa operativa con la cadena cárnica para hablar de valor agregado, no tiene mesa con la cadena láctea para discutir reposicionamiento, no tiene mesa con CUTI para resolver los problemas de competitividad cambiaria y de acceso al mercado regional que limitan al exportador de software, no tiene mesa eficaz con la cadena logística para bajar costos portuarios antes de que se nos vaya la ventana del Mercosur-UE. Esa es la acción que no se está tomando. Y sin ella, lo demás es ruido de motor en un vehículo que no se mueve.

Elijamos algunos ejemplos para mostrar el patrón disfuncional.

El riego es el caso más nítido. Hay ley desde 1997, hay Comisión Interministerial, hay coordinador competente —Tabaré Aguerre, hombre que sabe—, hay anuncios sobre ventanilla única y tarifas eléctricas diferenciales. Hay todo lo que precede a la acción, salvo la acción misma. Mientras tanto, en febrero el gobierno declaró la emergencia agropecuaria en diez departamentos por sequía. Esa es la fotografía: se discute riego mientras se reparte asistencia por sequía. Pero ¿cuántas hectáreas bajo riego habrá en 2027? ¿Cuántas en 2028? ¿Quién responde si la meta no se cumple? El silencio sobre esas preguntas es atronador.

La logística portuaria es el caso más urgente. El acuerdo Mercosur- UE entra en vigor ahora. La ventana es histórica: si Uruguay captara apenas el 10% del flujo de contenedores que va de Santos a Valparaíso, la exportación de servicios logísticos —que ya fue de 882 millones de dólares en 2025— se duplicaría. Hablamos de 863 millones de dólares anuales adicionales sobre la mesa. Pero la Unión de Exportadores sostiene que las tarifas del Puerto de Montevideo son hasta tres veces las de la región en dragado, estiba y almacenaje. No hay plan público de reducción de costos, no hay reforma tarifaria, no hay metas de productividad. Apenas eventos y declaraciones. La ventana se cierra mientras hablamos.

El software duele más, porque crece pese al gobierno y no gracias a él. CUTI pide tres cosas: formación masiva de talento, competitividad cambiaria y acceso real al mercado brasileño, donde hoy se retiene el 40% de lo facturado. El gobierno responde con un parque tecnológico en Rivera y reformas genéricas. Desproporción pura. El sector que podría ser el quinto exportador del país crece a pesar del Estado, no gracias a él.

El turismo merece algún matiz. Hay diagnóstico, hay metas, hay un instrumento de devolución a aerolíneas, hay presupuesto para promoción. Pero el turismo crece en gasto y cae en volumen, y la conectividad aérea sigue trabada. Se gestiona la temporada. No se transforma el sector hacia donde está el valor: salud, congresos, naturaleza con base científica. Hay actividad. No hay salto.

Y mientras estos cuatro sectores elegidos al azar avanzan a paso vacilante, queda afuera del menú una lista de sectores que abruma: cárnico, lácteo, forestal-celulósico, vitivinícola, ovino, servicios financieros internacionales, farmacéutico y biotecnológico, audiovisual, energías renovables como exportación de conocimiento, hortifrutícola, y varios más. Todos existen, todos generan o pueden generar divisas y dar empleo calificado.

Y ninguno de este largo listado aparece como prioridad en el menú de las cuatro posiciones ideológicas que fragmentan la dirección conceptual del gobierno y referenciamos a continuación.

Conviene precisar el alcance de lo dicho. Este análisis se centra en los sectores productivos, no en la crisis de seguridad —tema estructural y crónico del país que merece tratamiento propio— ni en las dificultades de acceso a los mercados internacionales, que son lucha permanente más allá de cualquier gobierno. Tampoco discute las medidas sociales y educativas que el oficialismo ha planteado, como las orientadas a frenar la alta deserción: son importantes, alivian situaciones concretas vía transferencias y aportes, pero no van al nudo de la producción económica. Porque al final del día es la producción la que genera trabajo, estabilidad y progreso para una sociedad.

Las cuatro visiones parciales que agita el gobierno

El secretario de Presidencia sale intempestivamente a soñar con el concurso del ahorro público para empresas de Estado, cuando el problema no es la falta de crédito sino la inexistencia de una cartera de proyectos productivos competitivos. El productor que necesita riego, la pyme exportadora que necesita capital de trabajo, la empresa de software que necesita formar gente, no se benefician con que el ahorrista uruguayo compre obligaciones negociables de UTE.

Por otra parte, el ministro Oddone ofrece reformas microeconómicas difusas: plazos más cortos para devolución de tributos, sandboxes fintech, modernización de fondos de inversión, defensa de la competencia fortalecida. Es lo más cercano a la dirección correcta, pero hace falta que ese encuadre se prolongue y encarne mesa por mesa, cadena por cadena.

Por otro lado, el PIT-CNT, de indisimulable influencia en el gobierno, sale con la Cámara de Industrias a ofrecer un planteo de País Industrial y una Estrategia Nacional de Desarrollo que arrancaría en junio y quedaría operativa entre setiembre y diciembre de 2026. Una contribución valiosa, pero limitada al sector industrial manufacturero: deja afuera al agro, a los servicios, al software extendido, al turismo profundo, a la logística como servicio.

Finalmente, el Partido Comunista de Andrade y Castillo clama una vez más por su doctrina y blindaje plebiscitario de la propiedad estatal.

Bandera coherente con sus posicionamientos históricos, no agenda de desarrollo productivo. No hay en su menú una sola medida concreta para mejorar la productividad de una cadena específica. Solo inmovilismo.

Lo que se necesita, en cambio, es otra cosa, y debemos decirlo con todas las letras.

Una agenda de desarrollo por cadenas y sectores, que la sociedad identifique como estrategia nacional de crecimiento

Uruguay debería contar con esa agenda, convenida, consensuada y gestionada. Mesas específicas. Metas anuales públicas. Cronogramas con fecha. Responsables con nombre y apellido. Una mesa con la cadena cárnica que diga cuántos cortes diferenciados se exporta en 2027 y quién responde si no se cumple. Una mesa con CUTI que diga cuántos talentos se forma, qué acuerdo con Brasil destrabaría las retenciones y qué plan nacional de formación de recursos acompaña. Una mesa con la cadena logística que diga cuánto bajan las tarifas portuarias y cuándo. Una mesa con el sector turístico que diga cómo se diversifica hacia mayor valor.

Esto que planteo no es liberalismo desregulatorio, ni estatismo, ni concertación industrial parcial. Es gestión moderna del desarrollo productivo, con el Estado como articulador inteligente y los actores privados como protagonistas. Es, conviene recordarlo, lo que la tradición batllista en su mejor versión supo hacer, cuando el debate no se trababa en discutir el rol del Estado en abstracto sino en cómo se destrababa y se daba aire a la economía real.

Por eso el error del gobierno es de fondo, y no lo ve.

Le falta foco: confunde anuncios con resultados, comisiones con obras, encuadres con ejecución. Le falta intensidad: trabaja sobre algunas mesas, mientras la mayoría de las cadenas que generan divisas y empleo siguen sin interlocutor del lado del Estado. Y le falta lo más importante: no hay gerenciamiento del desarrollo en este gobierno.

Hay ministros, comisiones, secretarías, y anuncios. Pero no hay quien arme las planillas de seguimiento, fije los indicadores, exija el cumplimiento y se haga cargo del resultado global. Y quizá sea por ello que el presidente parece reaccionar ante los acontecimientos más de lo que logra conducirlos. Mientras tanto, los 46 mil millones de Sánchez, las medidas de Oddone, la Estrategia del PIT-CNT y la doctrina del PCU siguen siendo discusiones sobre cómo deberían ser las paredes de una casa que nadie está construyendo.

Tal vez sea hora de que la oposición deje de correr agitadamente detrás de lo que pasa y empiece a mostrar, con propuestas reales, y hay formas concretas de pensar el desarrollo del país. No para hacer ruido. Sino para demostrar que se puede gobernar con mayor sentido y de otra manera, el día que toque hacerlo.

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