Política nacional

De perfiles que matan ideas y de rebeldías

Daniel Manduré

Muchos van navegando en la incesante búsqueda de su perfil propio. Esa búsqueda por ser diferente, por distinguirse del resto. Eso no está mal, la originalidad, es una cualidad, que bien empleada, es atractiva, esas bocanadas de aire nuevo, renovador, siempre necesario, frente a una realidad, muchas veces anodina. La aparición de elementos removedores que desempolven viejos conceptos que nunca dejan de estar vigentes, que actualicen otros y que pongan sobre la mesa nuevas visiones para la resolución de un mismo problema.

Esto lo podemos ver en la vida diaria, en diversos tipos de organizaciones, empresas y también en la actividad política.

Refiriéndonos a esto último, es común ver a dirigentes y militantes políticos que con legítimo derecho busquen su lugar, intentando consolidar un espacio, supuestamente renovador y original, que les pertenezca y a través del cual expresarse. Sobre todo, si consideran que los espacios existentes no los representan. La diferencia más notoria tal vez esté en cómo se paran en la cancha quienes pretenden incursionar por este camino

Es común ver una elección inadecuada a través de la cual canalizar esas diferencias.

Por lo general hay un mismo hilo conductor, todos los que inician un camino propio hablan de renovación, hacen mención a ideas nuevas y desafiantes, a diferentes formas de hacer política y sobre todo una fuerte y sostenida crítica a la dirigencia actual.

Esos quienes parecen querer centrar su perfil supuestamente renovador y vuelcan todas sus energías en criticar al otro. A veces con críticas que son bienvenidas y razonables. Nada mejor para crecer como organización, que aceptar críticas, saber administrar las diferencias y enriquecerse de ellas. Unidad en la diversidad.

Pero muchas otras veces la crítica al otro se vuelve casi que la exclusividad del novel grupo. Hacer uso de las demandas insatisfechas y a partir de allí crear en el imaginario colectivo un horizonte dicotómico, los buenos de un lado y los malos del otro, los renovadores somos nosotros, los otros los conservadores de siempre, los que tienen la hegemonía ética o sea nosotros y por el otro los que carecen de ella, por un lado, los que hundieron a una colectividad y del otro los que la venimos a salvar.

Le pegan a los que están, a los que estuvieron, pegan y critican a diestra y también a siniestra. Rompen relaciones con unos y con otros, critican a propios y ajenos, ocupan cargos y pasan desapercibidos, solo sobresalen por el escándalo o la renuncia. Nunca por la construcción y la propuesta positiva.

Cuando alguien tiene problemas con todos y por todo, tal vez el problema no sea el otro.

Pero acá, como se dice muchas veces: somos pocos y nos conocemos, por eso cuando aparecen nuevas alternativas es importante conocer los antecedentes políticos y la trayectoria de quienes pretender sostener las banderas. La consistencia de su discurso y sobre todo la credibilidad, basada en la coherencia como ese requisito básico para quienes se comprometen con la vida pública.

Seguramente al hacerlo nos encontremos que muy pocos resisten un archivo. Trayectorias plagadas de permanentes contradicciones. Cuando abrimos ese paquete que nos hacen aparecer como renovación, cuando tiramos de la cinta y abrimos el envoltorio, nos encontramos con una gran sorpresa: todo quedó en enunciados y etiquetas, el paquete no contenía nada nuevo, mucha cascara y poco contenido.

Los que centran su aparición como alternativa de cambio a criticar al otro, atravesarán el espacio político como una veloz estrella fugaz o de lo contrario por esa actitud omnipotente, sin apoyo de la gente y acorralados por las circunstancias terminarán lamentablemente abandonando el barco. No lo abandonaran por principios éticos, sino obligados por las circunstancias y por errores que ellos mismos propiciaron. Ya lo hemos visto.

 Al final los diferentes no eran tan diferentes, los creíbles no lo eran tanto. Al final los rebeldes no eran tan rebeldes.

Solo queda la insaciable búsqueda del rédito político y la lucha por ese poder que les resulta esquivo.

A veces el remedio que se propone puede llegar a ser peor que la supuesta enfermedad.

Bienvenidos todos aquellos que propongan ideas nuevas, profundas, los que propongan cambios necesarios desde la humildad y no desde la omnipotencia. Los que, con honestidad intelectual, capacidad de dialogo y compromiso social, contribuyen en fortalecer un sistema de partidos y de sectores partidarios que son la base del sistema democrático. Bienvenidos los que critican para mejorar pero que también saben de autocrítica y asumir su cuota parte de responsabilidad frente a los problemas. Los que critican, pero también son capaces de tender puentes y buscar entendimientos. Bienvenidos los que convenzan al otro con ideas y propuestas. Esto es lo que genera confianza, ofrece credibilidad e inspira respeto, para un ciudadano que mira con expectativa.

Bienvenida la rebeldía bien entendida.

Los perfiles propios que se basan en la crítica matan las ideas, mueren por su propio peso.

El criticar al otro, pegarle a todo lo que se mueve, pelearse con todos siempre, tiene poco de rebeldía y mucho de oportunismo e insensatez.

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