Enlentecer para no solucionar
Pablo Caffarelli
La nueva gestión del Ministerio de Transporte y Obras Públicas llegó prometiendo una revolución en la movilidad nacional. Una refundación. Una épica. Hoy, después de barajar opciones que parecieron audaces por un instante, el plan empieza a decantar en un viejo conocido: un soterramiento de 18 de Julio y una flota de ómnibus articulados para los principales accesos. Nada muy distinto al libreto de siempre, apenas barnizado de novedad.
Mi primera reacción —lo confieso— fue casi arqueológica: “Entonces, al final, no era tan duro el suelo de Montevideo”. Durante décadas se repitió ese mantra para negar siquiera la posibilidad de un sistema de subtes. Y, sin embargo, ahí están: el túnel veterano que conecta 8 de Octubre con Colonia y 18, el más reciente bajo Centenario, y ahora la idea de correr otro a lo largo de toda la principal avenida del país. Parece que el mito del “suelo imposible” no resistió el primer soplido político.
Pero lo verdaderamente llamativo es que, siendo viable un túnel de esa magnitud, no pensemos en un sistema de transporte digno del siglo XXI. No hablamos de inventar la pólvora: subtes eléctricos, rápidos, confortables. Trenes ligeros de corta y mediana distancia, elevados, como instalan las grandes capitales del mundo para evitar paralizar la ciudad durante años. Tranvías modernos, limpios, silenciosos. Todo eso existe, funciona y se financia. Pero aquí, curiosamente, lo descartamos.
¿Por qué ómnibus y no trenes o tranvías? La respuesta es sencilla y, a la vez, brutal: por la misma razón que ayer la roca montevideana era impenetrable y hoy, mágicamente, no lo es. Porque lo que se protege no es la movilidad de los ciudadanos, sino la continuidad de los grandes monopolios del transporte. Porque en un gobierno departamental fatigado, cada apoyo económico y político pesa más que cualquier modernización. Y porque, como siempre, quienes pagaremos el costo no serán ellos, sino nosotros.
Y lo pagaremos caro. Montevideo ya es una ciudad difícil de acceder; hoy se demoran hasta 90 minutos para recorrer 30 kilómetros. Con estas obras, esa travesía será de dos horas o más. Cuatro horas diarias perdidas entre la ida y la vuelta a la capital. Cuatro horas que no vuelven. Cuatro horas que valen vida, familia, productividad, salud mental. Y luego —cuando el sistema esté terminado— tendremos un modelo mediocre, pensado para no molestar a quienes manejan el transporte, no para mejorarle la vida a la gente.
Esto, además, sin mencionar el costo monumental de una obra que nace sin épica, sin visión, sin horizonte. Un proyecto que, antes de iniciar, ya huele a fracaso encadenado: más caos, más lentitud, más frustración. Y, lo más inquietante: un silencio generalizado que en cualquier democracia sana sería un estruendo de alarma.
Estamos todavía a tiempo. A tiempo de exigir un debate serio, transparencia, ambición. A tiempo de frenar un desfalco anunciado. De lo contrario, nos quedaremos con la paradoja final: un país que decidió enlentecerlo todo… para no solucionar nada.