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La conjura del 9 de Febrero

Estas notas son fragmentos de un trabajo de mayor aliento -de investigación histórica- titulado La Conjura de Cándido y Tartufo, actualmente en desarrollo.

Como es sabido, contar lo ocurrido con la mayor objetividad posible, es bastante menos fácil que inventarse reinos y aldeas de un tiempo pretérito, que sólo existen en la imaginación de los que se dedican a escribir fábulas.

Se trata en estas líneas, de hacer periodismo de hechos, cerrando el paso a la opacidad y al secretismo tan frecuente. Aspira ser un aporte recatado, al conocimiento del pasado, para generar debates basados en hechos y no en relatos sesgados.

Por consiguiente, tan libre de prejuicios como ha podido, quién escribe, -que vivió los acontecimientos en el propio suelo, viendo actuar a los protagonistas de esta historia- se propone arrojar una mirada aplicada, intentando iluminar las zonas oscuras con rigor y con honestidad. Procurando separar los hechos de las deformaciones interesadas, disipar la oscuridad con información cierta y con respeto por la inteligencia del lector.

Estas líneas, ya se verá, no son más que estampas de un recodo lejano de nuestra historia que nos sigue atrapando, que sigue siendo actual en el imaginario colectivo tras medio siglo. Porque como dice Faulkner, en una frase que, los uruguayos, pareciera que hemos adoptado como propia, “El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”

El motivo es, hurgar en las raíces de un hito aciago en la vida de este país, una fecha de desgraciada memoria, que no debe ser olvidada: el 9 de febrero de 1973. Día, en el que abatieron las instituciones  democráticas.

Teniendo en cuenta además, la advertencia del historiador irlandés Peter Brown, que  “Peor que olvidar la historia, es retorcerla, para avivar [viejos y nuevos] resentimientos”. Cosa que ha venido pasando acá, en las últimas décadas, por la acción audaz de quienes creyeron posible apropiarse de la interpretación de la historia. Con el fin indecible de poner a salvo las responsabilidades de los viejos protagonistas, por sus acciones y comportamientos.

Está visto que es inherente a la condición humana, la predisposición a desechar fases del pasado, que no conviene que se conozcan en el presente, pero no hacerse cargo de las deshonras y vergüenzas del pasado de una sociedad,  es una clara señal de inmadurez y aún más, de rechazo de la propia identidad nacional.

Hay lógicamente cuestiones demasiado espinosas para volverlas a tratar, pero escabullirlas, es más dañino para la convivencia democrática

Las grescas que aún se libran en los diferentes ámbitos de la vida nacional -cuando suelen aflorar estos temas- terminan por convencer a muchos de la necesidad de quedarse callado. Pero eso no es bueno para la salud de la vida en democracia. Bien dice la conferencista porteña Guadalupe Nogués “Cuando el diálogo desaparece el acuerdo es imposible y el mundo se fragmenta en una combinación explosiva de agresiones y desconfianzas” y sin dejar sombra de dudas, la profesora, concluye, “En general asociamos la idea de censura con un poder que prohíbe desde arriba, pero hay otra forma más sutil, la censura de abajo. La que a través de herramientas de disciplinamiento social, como el de aumentar el tono en la pelea, acaba generando el final del diálogo. Y esto es una grave amenaza para la libertad de expresión”.

¿Por qué entonces no ser refractario al cliché que, gritando más fuerte, se nos quiso imponer por medio siglo?

             Cándido y Tartufo

¿Y por qué, la referencia desde el título a Cándido y a Tartufo? ¿Por qué un título como de novela, para un texto que está muy lejos de serlo?

Es más, puede hasta parecer contradictorio ocuparse de esta época -con rigor periodístico- y referirlo a la literatura universal, pero si bien, la vida no es una pantomima, se le asemeja mucho. Tanto, que al estudiar este tiempo histórico del Uruguay, se convierte en un recuerdo recurrente el Cándido de Voltaire, sencillo ingenuo sin malicia, en donde algunos protagonistas centrales de la novela, son hombres simples e ingenuos, situados en medio del fragor de la trama y la intriga que definen la lucha por el poder.

De igual manera que –cuando al saborear un bizcochuelo casero se suelen evocar pasajes de la infancia, o al escuchar una melodía se vuelve, con la mente al pasado, al repasar las páginas de los sucesos de aquel febrero del 73, aparece el Tartufo de Moliere, que –según el juicio de la crítica literaria- “…tiene aspecto de bufón que hace reír al público, pues sus dichos acerca de su supuesta pobreza, que no se corresponden en absoluto con su buen semblante, de hecho, Dorina,  la fiel criada de la casa de Orgón, lo describe como ‘un gordo comilón y acomodado” dice además, que “Es un hombre astuto y rastrero, hipócrita y falso, que no duda en mentir y aprovecharse de los ilusos que creen en su palabra”. Podrá pensarse que la trama descripta, viene como anillo al dedo para identificar a uno de los personajes de la escena uruguaya, pero en todo caso será esa otra casual recurrencia más.

La conjura, que trata esta crónica de la historia, está plagada de Cándidos y Tartufos, alcanza con ponerse a recorrer estas líneas para encontrar redivivos, a estos míticos personajes de la literatura universal.

Aunque, para los atentos observadores de aquel tiempo no se trate de noticias nuevas, el devenir histórico y la decantación de los hechos, permiten tener hoy -50 años después- una visión más abarcadora y sesuda, que devele la cara oculta de aquellos desdichados sucesos.

Por lo tanto, si es misión del periodismo de investigación, llegar a descubrir la naturaleza exacta de una época, en la que todos los actores, de un lado y del otro, tienen parte de culpa y de responsabilidad. ¿Por qué entonces, no dar la oportunidad, a la verdad, de hacerse oír, de rescatar del olvido, ese pasado tantas veces erróneamente considerado?

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