Pensar con cabeza propia
«Hablen con los privados de libertad, hablen con las víctimas también de los crímenes que se han cometido en todos estos años. Que no quede una víctima que no haya sido escuchada».
¿Quién en Venezuela ha pronunciado estas palabras en las últimas horas? ¿Un integrante de algún organismo defensor de los derechos humanos, como Amnistía Internacional o Human Rights Watch (HRW), a raíz de la aprobación de la ley de amnistía general aprobada por la Asamblea Nacional de Venezuela?
No. Ha sido el presidente de la Asamblea Nacional —parlamento de Venezuela, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy, presidenta interina designada por Donald Trump, luego de que el cuerpo legislativo aprobara por unanimidad el proyecto de ley de amnistía general para todos los presos políticos —«desde 1999 hasta 2026»— impuesto por la Casa Blanca al chavismo.
Jorge Rodríguez, un psiquiatra, afectado por una psicopatía de perfiles criminales, grado caracterizado por la falta total de remordimiento; es quien dos días después del 28 /J de 2024, cuando la oposición venezolana derrotó en las urnas por 70 a 30 a la dictadura, enardecía a los mismos diputados que hoy aplaudieron la aprobación de la amnistía con estas palabras:
«Con el fascismo no se puede tener contemplaciones. Con el fascismo no se dialoga. Al fascismo no se le dan beneficios procesales. Al fascismo no se le da perdón (…) Cuando digo que tienen que ir presos, no me refiero solo a María Corina Machado, que tiene que ir presa, me refiero a Edmundo González Urrutia».
Tal cual. El mismo personaje hasta ayer acérrimo chavista, hoy temeroso de ser enjuiciado por crímenes de lesa humanidad y, obvio, perder su fortuna hecha a la sombra de la dictadura.
Lo ocurrido el 3 de enero de 2026 en Venezuela es uno de esos hechos que en la historia valen por veinte años.
En anteriores columnas di mis argumentos en favor del principio de «no indiferencia», que nos lleva a valorar la defensa de los derechos humanos de las personas sobre el principio de «no intervención» de las fronteras.
Todo en un contexto internacional en que tres emperadores se disputan zonas de influencia y/o ocupación geopolítica.
En las sociedades argentina y uruguaya, por mencionar dos, pero ocurre en otras, debemos dejar de lado la manipulación efectuada por dirigentes políticos de lado y lado, que llevan a nuestra vida cotidiana sus disputas por mantenerse en el poder o retornar al mismo.
Ni hablar que la mayoría ciudadana cada cuatro o cinco años concurre a las urnas para votar al candidato que entienda ha sido mejor gobernante o al que aspire a serlo. Por supuesto que la porción de ciudadanos que participa activamente en política partidaria mantiene a lo largo de su vida la dedicación a sus objetivos.
Pero no tenemos por qué atenernos a esa disputa constante que horada el tejido social y que, además, en buena parte se hace con base a falsedades.
¿Hasta cuándo seguir aceptando, por ejemplo, que en Venezuela no había presos políticos sino «políticos presos», como con absoluto caradurismo se ha dicho en Uruguay?
¿Hasta cuándo seguir escuchando argumentos contra la «intervención extranjera en Venezuela» cuando hace años que en Venezuela la hay y nunca se protestó por ello?
¿Hasta cuándo la réplica desde el político opositor al anterior que, estribando en falsedades hoy desnudadas por los propios dictadores chavistas, agravia a la otra mitad de la sociedad uruguaya?
Esa confrontación carente de realidades, tributaria de intereses ajenos a nuestra cotidianidad— por más que quieran contrabandeárnoslo como necesaria— tiene un antídoto.
Pensar con cabeza propia. Hacer el esfuerzo por salirse de la visualización ininterrumpida de imágenes sin solución de continuidad con que nos atrapan las pantallas, y buscar nuestras propias fuentes de información y opinión.
Porque quien piense que el tema Venezuela es el único que provoca y provocará tener que analizar con base a los valores personales de cada uno el acontecer, se equivoca.
El mundo al que estuvimos acostumbrados, cuyo primer gran cambio, después de 1945, sobrevino en 1989, hoy se encuentra totalmente distorsionado. Nadie puede predecir. Lo que está claro es que hoy prima la ley del más fuerte.
Venezuela requiere atención y reflexión porque también es una situación «piloto».
Hay que pensar. Hay que atreverse a pensar con cabeza propia. Nada garantiza. Piénsese en el exjuez español Baltazar Garzón (71) que fuera valiente y eficaz magistrado enfrentando al terrorismo de ETA, investigador de los crímenes del franquismo, y que a fines del siglo pasado promovió el arresto de Pinochet.
Pero que después ya en causas de DDHH en Argentina incurrió en contradicciones, para en 2020 asumir la defensa del empresario colombiano Alex Saab testaferro de Nicolás Maduro. Cuatro años antes, la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) había contratado al equipo legal de Garzón por 8,8 millones de euros de entonces, para interponer acciones legales en España contra proveedores de su filial Bariven por supuestos delitos de fraude y cohecho.
Saab fue capturado en la madrugada del miércoles 4/2 en Caracas en una operación conjunta de las autoridades venezolanas y el FBI y no se descarta su deportación a los Estados Unidos.
Añado una serie de links en los cuales, quien lo desee, puede incursionar para tener datos y opiniones diferentes sobre los mismos hechos.
«Ni uno, ni dos, libérenlos a todos»: Protestas en Caracas: A un mes de la caída de Maduro, exigen liberar a los presos
euronews (en español)
h4iR5F_c5pg
«Venezuela rompe el silencio» (NTN24)
«Así funciona la cárcel federal donde está detenido Nicolás Maduro en N. York».
teleSUR conmemora un mes del secuestro del presidente Nicolás Maduro con mural artístico
«Cambio en su panorama político» (Venevisión)
Delcy Rodríguez: Venezuela y EE. UU. deben trabajar «con esfuerzo y respeto» para superar sus diferencias (Globovisión)