Historia

Rumbo al pacto

Jorge Nelson Chagas

La explicación de por qué la dictadura no se derrumbó a mediados de 1984 no es, en lo absoluto, complicada. Es cierto que las Fuerzas Armadas estaban muy desgastadas, especialmente por la crisis de 1982, y  habían perdido toda legitimidad. Pero…si algo enseña la historia, es que ninguna fuerza militar puede ser vencida por medios no violentos.

Los militares uruguayos en 1984 estaban materialmente intactos. Su poder represivo estaba incólume. Tampoco había divisiones profundas en su seno que podrían propiciar su descomposición como cuerpo. Les iba mal en la política, pero no en el aspecto castrense. Cuando Sanguinetti expresaba “no desear unas Malvinas para las Fuerzas Armadas uruguayas”, reconocía implícitamente su fortaleza. Nadie los había vencido en batalla alguna.

Hacia fines de abril y principios de mayo, lograron restablecer la verticalidad del mando y sofocar a los grupos “ultras” que por la libre habían realizado atentados contra opositores. A fines de mayo la Junta de Generales ratificó la designación como Comandante en Jefe, al general Hugo Medina. En declaraciones a la prensa, señaló que tenía la responsabilidad “de pensar cómo va a salir el Ejército de esta situación y eso me preocupa de sobremanera”. Era una tácita admisión que sería un “Comandante de la transición”.

El día 31 hubo una extensísima reunión – más de diez horas- entre el presidente  Álvarez y los generales. Tras la cual hubo un endurecimiento. Se reprimió una manifestación pacífica frente a las Universidad de la República (3 de junio), al día siguiente el ESMACO citó a los dirigentes políticos para transmitirle su disconformidad con sus actitudes y el ministro del interior Rapela citó a Seregni para hacerle un planteo similar. A nadie se le escapó que Seregni y su fuerza política estaban proscriptos. Por tanto, más allá de la reprimenda, el régimen aceptaba de hecho la existencia de la izquierda. Al mismo tiempo, los militares ratificaron que Ferreira Aldunate sería detenido y sometido a la Justicia Militar. El martes 5 un grupo de soldados armados a guerra trasladaron a Carlos Julio Pereyra a la Brigada de Infantería Nro. 1. Allí fue informado que esa acción era protegerlo de un posible atentado. Desde la perspectiva histórica parece plausible que estos actos del régimen eran porque se aprestaba a negociar, pero desde una posición de fuerza. Se trató de  demostraciones de su poderío.

Acaso el error de la estrategia del wilsonismo estuvo en no comprender los límites de las movilizaciones. Es sumamente interesante lo expresado por Manuel Flores Silva: Ferreira Aldunate “estaba convencido que no transar con los militares defendía a su partido 50 o 100 años después. La ocupación del poder podía postergase 5 años en función del objetivo superior”. Admito que no había pensado en ese aspecto de la cuestión, lo que me obliga a continuar estudiando más atentamente aquella coyuntura histórica.

Lo cierto es que el líder nacionalista regresó el 16 de junio en el buque “Ciudad de Mar del Plata” (recomiendo la lectura del libro de Gerardo Sotelo, “Las cartas contra el pecho. El regreso de Wilson). Miles de militantes nacionalistas y frentistas lo aguardaron en la Avenida Libertador. Fueron vigilados de cerca, pero no reprimidos. Esta fue una verdadera prueba de fuego para el régimen y la sorteó con éxito. Una barrera de contenedores evitó todo tipo de contacto – aun visual – con los pasajeros. Ferreira Aldunate y su hijo, Juan Raúl fueron detenidos y trasladados en helicópteros a diferentes unidades militares. Álvarez continuó en su cargo,  los militares mantuvieron la unidad y nada espectacular ocurrió en los días siguientes.  

Ya conté una vez esta anécdota: por esas fechas participé en una reunión en la redacción del semanario AQUÍ, donde asistió el general Líber Seregni (ahí lo conocí personalmente). En un clima distendido explicó – especialmente a los más jóvenes – hacia donde apuntaba su estrategia. Afirmó que la formidable movilización popular para apuntalar el regreso de Ferreira Aldunate había marcado el punto culminante de una etapa. Entendía que el Frente Amplio había sido leal con Ferreira Aldunate al poner a toda su militancia en calle pero, el régimen continuaba firme y no había signo alguno de un derrumbe. Pasar a una nueva etapa en la lucha antidictatorial implicaba el uso de la violencia armada y rechazaba de plano esa idea. Principalmente porque estaba convencido que la abrumadora mayoría de la ciudadanía quería salir de la dictadura en paz. Por tanto, el Frente Amplio debía negociar y pactar con los militares. A su entender, esa negociación implicaba que la izquierda – por primera vez en su historia-  iba ”a jugar en la cancha grande”.   

Necesariamente la posición del Frente Amplio entraba en franca colisión con el Partido Nacional. El frente opositor volvía a dividirse.

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