Política nacional

La teoría de la herradura

Cuando los extremos parecen tocarse.

Daniel Manduré

Desde hace mucho tiempo escuchamos la frase: “los extremos se tocan”. Ya se utilizaba en el siglo pasado, en la década del 20 para describir lo que en ese momento sucedía entre comunismo y el nacionalsocialismo, con enfrentamientos violentos. Esa interacción dinámica entre ambos extremos. Para Hitler todo el que no pensaba como el era comunista, mientras que desde el otro extremo para Stalin quien no besaba sus botas era fascista.

No había, para ninguno de ellos, otra alternativa posible.

Ambas posturas en apariencia muy diferentes utilizaban procedimientos y manejaban concepciones similares. Un extremo con sus inclinaciones radicales potenciaba el radicalismo del otro y viceversa. El enfrentamiento los retroalimentaba.

En ese sentido fue el filósofo y escritor francés Jean Pierre Faye que en su trabajo “El siglo de la ideología” se refería a lo que el denominó “la teoría de la herradura”. Argumentando en ese sentido sobre la cercanía de quienes en apariencia eras tan distantes, comparándolos como las puntas de una herradura que tienden a tocarse.

Cuentan una misma historia, con puntos  de vista en apariencia contrarios, pero con la misma visión dogmática, hemipléjica, intolerante y con un discurso radical y de corte populista.

 Esa manera descalificadora, peyorativa, degradante de referirse al adversario político. Que nada suma al debate de ideas. Que solo nos describe a la perfección a quien elige recorrer ese camino, el del agravio. Donde el insulto como argumento y la violencia dialéctica como razón parecen transformarse en el instrumento común.

Todo parece valer, no hay límites. La ética y el respeto quedan a la vera del camino

La descalificación los potencia y hasta parece adjudicarles un poder que la razón impide otorgarles.

La crispación, la violencia verborrágica, el insulto personal y hasta la discriminación pretenden sustituir, el decoro, la templanza y el buen hablar.

Confunden lo popular con la ordinariez. El grafiti como expresión artística con la pintarrajeada barata. Expresiones de justa y natural rebeldía, con esa versión trasnochada del loro cantor que solo repite etiquetas y slogans. Violan la ley, anteponiendo lo ideológico partidario.

Importa solo mi derecho, pero pisoteo el del otro.

La opinión diferente los perturba.

Hablan de libertad de expresión, pero el accionar totalitario los domina. Los abraza la intolerancia.

Se dicen partidarios del diálogo cuando lo único que aceptan es que se les dé la razón en pos de su verdad, la única.

Hablan de negociar, siempre y cuando sean los otros los que cedan. Donde el grito militante de 30 en la escalinata de un centro educativo parece valer más que el significativo silencioso de casi 3000 estudiantes.

El veneno interior que los va consumiendo.

Desde un lado los caracteriza esa mirada que aún permanece estancada en la época de las cavernas. Los de la perimida y apolillada lucha de clases. Los que remueven el polvo y sacuden las telarañas del vetusto concepto de la explotación de la burguesía sobre el proletariado. La que fracasó en el mundo. Los que menosprecian el capitalismo, pero maman de él. Los que se alimentan del enfrentamiento.

Desde el otro lado, el mismo populismo berreta, los supuestos salvadores de la república, los seres superiores antisistema. Ese pensamiento sacrosanto y omnipotente. A los que les cuesta adaptarse a las reglas de juego de la democracia liberal. Los que anuncian conferencias de prensa, pero no aceptan preguntas, los incomoda, no sabrían que decir, prefieren el monólogo. Es usual que, en la derrota, no aceptan los resultados electorales y denuncian fraude, cuando lo que en realidad hacen es despreciar al sistema.

Ambos andan por la vida con una mochila cargada de espejitos de colores, regalando falsas ilusiones. Los del discurso de poca monta, basado en la falacia y el rencor.

Los que repiten falsedades una y otra vez, para regocijo de Goebbels.

Siempre el puño crispado, el ceño fruncido, el tono enojoso, la zancadilla y la pequeñez.

No pensar como ellos es un sacrilegio, un pecado imperdonable, casi que una vejación al pensamiento único.

Siempre hay un camino intermedio, no el de flojo, indeciso o tibio como acostumbran a decir desde ambos extremos, sino el del tolerante, el de ideales firmes y la moderación. Los que respetan la institucionalidad siempre. Gobierne quien gobierne. Claro concepto de los valores republicanos, de la democracia liberal.

Los que creen en el debate de ideas, discutiendo sobre contenidos, con argumentos que podrán ser compartidos o no, pero que son producto de claras convicciones personales y que emergen del razonamiento.

En ese camino deberíamos estar siempre, parados firmes.

Defendiendo ideas, pero también respetando las del otro.

Entendiendo siempre que hay límites que no hay que atravesar.

Porque hay partidos que es preferible no jugar.

Prefiero mantenerme por el camino del medio, porque los extremos más tarde o más temprano se terminan tocando.

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