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Por lo menos así lo veo yo…

Ricardo Acosta

La corrupción política es un tema que trasciende fronteras y partidos políticos, nosotros no somos la excepción. Es común ver a los militantes de distintas corrientes defender a sus representantes, sin importar los hechos en cuestión. Esta ceguera partidista plantea preguntas fundamentales sobre los valores que sustenta nuestra democracia y la sinceridad de nuestro compromiso con la transparencia y la ética en la política.

La obsecuencia militante, que implica la lealtad inquebrantable a un partido o ideología, a menudo se sitúa por encima de la razón y la búsqueda de la verdad. En lugar de abordar los problemas cara a cara, algunos militantes optan por justificar o minimizar la corrupción de sus propios representantes. Esto plantea interrogantes sobre la integridad de la política y si estamos dispuestos a sacrificar nuestros principios y futuros puestos públicos, en pos de la lealtad partidista.

La comparación con actitudes similares en otros partidos es una estrategia común. Los defensores de un político corrupto a menudo recurren a señalar los errores de otros partidos como una forma de desviar la atención puesta en las transgresiones de su propio lado. Esto no solo perpetúa un ciclo de corrupción, sino que también socava la confianza en el sistema político en su conjunto.

La complicidad ideológica puede ser peligrosa. Cuando las personas están tan arraigadas a sus creencias políticas al punto de justificar la corrupción con el fin de mantener a su grupo en el poder, la democracia se ve amenazada. Es fundamental recordar que la ética y transparencia deben ser valores universales, no selectivos.

No se debe militar incondicionalmente sin importar nada. La lealtad a un partido o ideología no debe superar nuestro compromiso con la honestidad, la justicia y el bienestar de la sociedad en su conjunto.

Es responsabilidad de todos los ciudadanos exigir estos principios a nuestros representantes, sin importar de qué partido sean.

Y más si son de los nuestros.

Solo a través de esta vigilancia activa podemos avanzar hacia un sistema político más ético y una sociedad más justa.

Seguramente parezca utopía, pero prefiero creer que es posible a seguir siendo cómplice, por qué si defendemos a un político corrupto solo por qué es de mi ideología o partido, soy tan corrupto como él.

En este tema, la postura del Partido Colorado como socio de la coalición de gobierno, tiene que ser clara y concreta. Sin tibieza ni medias tintas.

Demasiados casos que generan dudas sobre el accionar ético, están puestos sobre la mesa.

El partido se encuentra en una posición delicada, ya que debe equilibrar su apoyo al gobierno con la necesidad de abordar los hechos de corrupción de manera transparente y responsable.

Cómo siempre ha sido.

Con los propios y con los ajenos.

Debe enfocarse en mantener su credibilidad y demostrar su compromiso hacia los votantes que quisieron un cambio después de 15 años de gobiernos de izquierda.

Esto implica no cerrar los ojos a los casos de corrupción, sino abordarlos de manera franca y decidida.

La negación o la minimización de estos problemas solo debilitaría su posición histórica.

Esto significa que se debería propiciar y mantener una mirada crítica pero constructiva, impulsando

acciones conjuntas que se consideren beneficiosas para el país, pero al mismo tiempo exigiendo claridad absoluta en casos de corrupción.

No hay otra forma.

En última instancia, la postura del Partido Colorado debería reflejar su compromiso con el bienestar de Uruguay y la protección de los valores democráticos.

Al mantener un equilibrio entre su apoyo al gobierno y la lucha contra la corrupción, el partido puede desempeñar un papel importante en la consolidación de una democracia sólida y transparente en el país.

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