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La necesaria internacionalización universitaria

Claudio Rama

En esta semana dicté una conferencia sobre «La internacionalización de la educación superior y la disrupción virtual» en el Doctorado en Ciencias de la Educación (RUDECOLOMBIA) en el marco de la III Pasantía Internacional Virtual de la Universidad de Cartagena con UNAD Florida, cuyas líneas centrales quiero presentar en nuestra columna atento a nuestra realidad educativa.

La educación en el país se conformó como un sector nacional por ser un servicio de prestación presencial, por tener un rol central en la construcción de la identidad y por su perfil de egreso centrado en demandas laborales locales. Esto está cambiando, y asistimos rápidamente a la conformación de un sistema educativo global marcado por la internacionalización de la educación. No sólo se están construyendo economías, empresas y mercados laborales globales, sino también sistemas educativos globales, especialmente en el nivel universitario. Es parte de un amplio movimiento hacia la conformación de la educación superior como un bien público global. Ello se constituye en una palanca de primera importancia por cuanto lo internacional añade mayor valor al proceso educativo, por estándares globales y superiores, por mayor diversidad de las ofertas, por procesos de acreditación más rigurosos con estándares internacionales y porque lo internacional contribuye a mejores enfoques comparados, recursos de aprendizaje, infraestructuras y pertinencias a los mercados de trabajo.

Con la pandemia, la educación internacional, sobre todo en su expresión presencial y de servicios, fue duramente impactada y miles de estudiantes regresaron a sus países de origen, los sistemas se encerraron en burbujas locales y miles de convenios de movilidad e intercambio académico no se pudieron cumplir, lo cual afectó fuertemente los niveles de calidad y la continuidad de muchos procesos de enseñanza. Con el fin de la pandemia, se requiere entonces no solo el regreso a las dinámicas de internacionalización, sino incluso aprovechar con más intensidad las oportunidades de la nueva educación virtual transfronteriza.

Es necesario recordar que el derecho a la educación, se gestó con las democracias como un derecho humano de primera generación que requería la libertad de estudiar y enseñar. Luego se planteó que además de ello, se requiere del accionar del Estado para permitir acceder a ese derecho, con lo cual se conforma un derecho de 2ª generación. En las últimas décadas se ha visto que se requiere acceder al conocimiento a nivel global y a la educación internacional para poder realizar el propio derecho fundamental a la educación de las personas. Ya no basta la libertad individual a nivel nacional, ni el accionar regulador y promotor del Estado, sino que se requiere poder acceder a la educación internacional para poder realizar ese derecho primigenio a la educación, incluyendo el libre acceso internacional a la información e internet, mayor intercambios académicos y el impulso a la movilidad, tanto presencial como virtual, sin restricciones ni cortapisas burocráticas.

Es que la calidad en educación es internacional y la frontera del conocimiento es global. Una educación exclusiva nacional, con bibliografías, docentes, estudiantes, currículos, pertinencias e instituciones sólo nacionales tiene menores niveles de calidad en los aprendizajes. Es una educación de menor calidad más allá del esfuerzo estudiantil o de las instituciones. No sólo es de destacar también que el aprendizaje siempre es comparativo y por ende requiere poder acceder a la información global para poder profundizar y cotejar con ello los propios conocimientos, sino que no hay saberes locales, ya que el conocimiento es sistémico y global, y que por ende es de primera importancia la apertura. Ello en Uruguay se expresó, entre otros en su momento, en los enfoques lancasterianos (frustrados) de Varela o en la Ley Rodó, que estableció la exoneración de los impuestos a la importación de libros, para poder acceder en igualdad al conocimiento global. 

La tendencia hacia la conformación de un sistema educativo mundial en curso se desarrolla a través de un proceso doble de convergencia y de divergencia de los sistemas nacionales y que impulsa tanto estándares educativos globales como el impulso a particularismos locales. Es una tensión o contradicción que hace que la globalización educativa en muchos momentos sea limitada y de “baja intensidad”, al primar más las protecciones nacionales frente a las dinámicas globales, con lo cual la calidad queda en general relegada. Dominan acciones en su mayoría de tipo proteccionista de dinámicas políticas, tribus académicas, paradigmas ideológicos e intereses corporativos o empresariales, más centrados en sus intereses de enseñar que en los aprendizajes de los estudiantes. Así, los impulsos y demandas por la calidad y la internacionalización quedan bloqueados por restricciones que incorporan sus particularismos en detrimento de la calidad y la competitividad de los sistemas educativos. Derivado de cómo se han resuelto estas tensiones es que se aprecian las asimetrías y la debilidad de la calidad de nuestro sistema educativo local.

La internacionalización de la educación se constituye en una de las palancas más importantes para mejorar los sistemas de educación superior a escala nacional. Actualmente a escala nacional existen enormes asimetrías frente a los niveles internacionales, tanto en términos de cobertura por diferencias de diversidad de ofertas y demandas, escasa regionalización o alta deserción por la masificación, como por calidad por la existencia de menores estándares, ausencia de sistemas de evaluación y acreditación, escasa formación especializada y mucho menor valor de las certificaciones en los mercados de trabajo. Por ello, mejorar los sistemas educativos implica aumentar los niveles de internacionalización de los procesos de enseñanza y aprendizaje, y de los modelos de gestión y de desarrollo curricular. Los indicadores de PISA o los rankings internacionales, y muchos otros indicadores, nos muestran claramente estas asimetrías y desigualdades de los sistemas educativos y cuyas brechas se incrementan a medida que no se produzca una reforma de la internacionalización y que el conocimiento y la eficiencia de los sistemas educativos a escala global se sigan expandiendo. Los datos muestran claramente que las debilidades son más fuertes en los temas de calidad, en los enfoques curriculares por competencias, en los estudios de posgrado y especialmente de doctorado, en la actualización profesional y la recertificación de sus competencias, en las bajas competencias digitales, en la escasa práctica preprofesional de los egresados, o en una formación academicista, memorística y presencial y la falta de investigación básica y aplicada. Son estas las áreas que se requiere atender con mayor atención, si se pretende mejorar nuestros sistemas educativos.

En este camino estratégico los impulsores y resistencias son múltiples y diversos, entre los cuales podemos referir a los indicadores y componentes de mercado, de costos, de política, tecnológicos o académicos. En este cuadro, impulsar la internacionalización es un componente transversal que contribuirá a la calidad y la cobertura, en tanto busca reducir las desigualdades y asimetrías a través de la armonización de las normas locales a los estándares internacionales, a través de la homogeneización de los procedimientos y sin duda a través de la interdependencia y la articulación entre los sistemas educativos nacionales. La educación internacional es también un componente básico para el desarrollo del país no sólo en el largo plazo. La movilidad estudiantil y docente tanto física como virtual, la radicación de instituciones extranjeras, la inserción en la investigación internacional, la acreditación internacional, el currículo global, la movilidad profesional o la apertura a los sectores de bienes y servicios de apoyo educativos deben ser parte de la política educativa nacional. En este tema mirarnos al ombligo y no introducir reformas es mala solución en el largo plazo.

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